La hoja de papel, una cuartilla, estaba doblada sobre la mesa del bar. Había pasado toda la noche sentado en la misma mesa, con varios amigos de amigos a los que apenas conocía. Una cantante amiga de uno de los amigos de mis amigos había cantado algunas canciones acompañándose de un piano de pared. Habíamos tomado vino, charlado entre canción y canción, salido a fumar, desaparecido en el baño, y regresado siempre a la misma mesa sobre la que, podría haber jurado, no había habido en ningún momento un papel doblado. Pero allí estaba ahora y al desplegarla descubrí que se trataba de una carta.

Recordarían todos y cada uno de los besos que no se dieron, aceptando con un leve movimiento de cabeza, porque los que sí existieron fueron únicos, reales, la hermosura de lo irrepetible y de lo auténtico, que revivirían y reinventarían como se reviven y reinventan los veranos muertos del despertar de la inocencia. Sentirse tan cerca en un espacio irreal en el que nunca llegaron a estar del todo. Solo la memoria y la certeza.