La hoja de papel, una cuartilla, estaba doblada sobre la mesa del bar. Había pasado toda la noche sentado en la misma mesa, con varios amigos de amigos a los que apenas conocía. Una cantante amiga de uno de los amigos de mis amigos había cantado algunas canciones acompañándose de un piano de pared. Habíamos tomado vino, charlado entre canción y canción, salido a fumar, desaparecido en el baño, y regresado siempre a la misma mesa sobre la que, podría haber jurado, no había habido en ningún momento un papel doblado. Pero allí estaba ahora y al desplegarla descubrí que se trataba de una carta.

Recordarían todos y cada uno de los besos que no se dieron, aceptando con un leve movimiento de cabeza, porque los que sí existieron fueron únicos, reales, la hermosura de lo irrepetible y de lo auténtico, que revivirían y reinventarían como se reviven y reinventan los veranos muertos del despertar de la inocencia. Sentirse tan cerca en un espacio irreal en el que nunca llegaron a estar del todo. Solo la memoria y la certeza.

Esta es la entrada número 154 de este blog. Es un número cualquiera, un martes de una semana de noviembre de un año que no es ni múltiplo de cinco ni es par. Completamente insignificante. Pero hubo un día que el contador llegó a 100 y me dio por reflexionar. Estaba de viaje en aquel momento y no me pareció que encajara en el diario que estaba escribiendo, así que se quedó guardado. Lo releo ahora y me parece una estupidez, pero todo lo que dice sigue siendo válido al día de hoy, 50 textos más tarde.

En la carpeta de los Restos de Stock quedaron aquellos descartes, que de tan interiores no encajaban con la historia que se estaba dando fuera. Yo quería contar otra cosa. Era el viaje de un idiota quejándose de la lluvia y recordando las viejas fotografías de un viaje parecido, en otra vida. Echando de menos. Pero quedaron guardados, a salvo del idiota que hace tiempo que se marchó. Llegó el momento en el que el otro, el de los monólogos frente al espejo, publique. Son los extras en la edición en DVD de "Un idiota en UK".

Era un domingo en la fecha cercana a la entrega de una práctica en la facultad. Yo estaba en el tercer curso de cinco. Nunca me había gustado la universidad, ni el mundo universitario, ni el edificio de la UPC, ni las aulas con colores según el bloque, ni el bar, ni los bancos de cemento, ni las clases infinitas, ni sentarme al lado de desconocidos con los que no podía hablar durante horas. Recuerdo aquellos días como el que recuerda la sala de espera de un hospital o una gasolinera en un desvío de la autovía de Teruel.

Era un sábado de un fin de semana cualquiera de otoño y mi padre pasaba la mañana, como todas las mañanas de los sábados de aquella época, trabajando en la construcción de un edificio en el centro del Prat, en la Carretera de la Marina. Debían de ser las 11 de la mañana cuando un señor que vivía en uno de los bloques vecinos se acercó a la obra para informar de que había visto desde su balcón a un par de yonkis durmiendo en el terrado. Mi padre, suponiendo que se habrían colado por la noche, cogió una pala, llamó a un par de compañeros, y subió por la rampa donde todavía no habían escalones, seguido por el vecino y otros obreros que habían oído la conversación. Cuando entró en la terraza se encontró que los dos cuerpos tumbados sobre una placa de poliespán y durmiendo eran sus dos hijos: mi hermano Juanan y yo.