Cartas

He encontrado el buzón de correos perfecto: lo bastante viejo y oxidado, abandonado y descuidado, con ese romanticismo de los objetos sin uso que están por desaparecer. El último brillo en los ojos justo antes de perecer. Está en una esquina, una cualquiera, donde pasan cada día millones de peatones desorientados sin verlo. Ignorado. Ese es el lugar desde donde enviar mis cartas.

He vuelto a las tiendas que solíamos visitar para buscar hojas de colores. Los espacios siguen teniendo ese olor químico de pan recién cocido, de nata, ese olor que casi te obligaba a morder las hojas para probar el sabor. Decías. Siguen estando allí aquellos sobres alargados con filamentos de chocolate, con piñones y almendras. Masa de papel con frutos secos. Soñabas. Todo sigue estando allí, esperando, detenido en el tiempo.

En el fondo del cajón estaba la pluma, la tinta seca. Con un poco de alcohol he conseguido limpiarla. ¿Sabías que todavía venden cartuchos de tinta? Aún quedan ancianos románticos que no saben escribir de otro manera. Como yo. Cuando la he probado mis dedos torpes han quedado llenos de manchitas azules, y el papel, muerto de sed, ha absorbido el líquido como una esponja. Se han dibujado estrellas en cada letra.

He encontrado un lugar perfecto desde donde escribir, dentro de un parque de Montjüic, detrás del MNAC. Es un lugar húmedo, pero lo suficientemente extraño para no parecer de esta ciudad, fuera de tiempo y de distancia. En un espacio vacío donde nada ni nadie puede molestar. Hay un banco marrón bajo un techo de hojas, con caminos laberínticos que terminan y empiezan sin ningún destino. Y un riachuelo enfrente. Un lugar en el que nunca antes habíamos estado. Te encantaría. Tiene esa magia de los lugares invisibles. No están en ningún sitio pero están en todos los lugares al mismo tiempo.

Ya tengo, pués, todo lo que necesito para escribir. De nuevo. Como millones de veces antes. Como cuando los días giraban alrededor de un carta en el buzón. Como cuando las palabras llenaban el vacío que dejábamos al marcharnos. Como cuando no sabíamos hablar de otra manera.

Ahora solo me falta saber qué decirte y el valor para hacerlo.

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