Edimburgo

Este texto es parte de un diario de viaje que empieza aquí.


Jueves 4. Tren

El metro como una serpiente, un animal primitivo que respira y se retuerce, con un sonido metálico, y nosotros en la panza, cabeceando en cada curva, y mirándonos sin vernos nunca del todo, como unos ojos cansados sin lentillas. De vez en cuando una sonrisa, de vez en cuando un movimiento de afirmación. Periódicos abandonados en los asientos, vasos de cartón con café en una mano. Gorros y guantes, bufandas. En los altavoces, de vez en cuando, una disculpa del conductor pidiendo que se entre por todas las puertas disponibles, o que se alejen de ellas al cerrarse. Esta ciudad es tan inmensamente grande que nunca logro sentirla ni siquiera un poco mía.

Cojo el tren y me voy.

Edimburgo

Es de noche. Son las 4. Solamente las 4 de la tarde y ya es de noche. La primera impresión: la calle huele a patatas chips de vinagre y cebolla. Edificios de piedra como castillos, con grandes ventanas blancas y techos de punta. Escalones en escaleras con nombre, subidas y bajadas, calles que sobrevuelan otras calles y canciones de Sigur Ros como banda sonora. Adoquines. Un tipo con falda tocando la gaita en la puerta de una catedral o una iglesia o simplemente un edificio cualquiera que parece una catedral o una iglesia o un edificio cualquiera. Y muchos españoles, muchos, paseando por las calles.

Visito el mercado navideño. Me atraen las luces y la noria que da vueltas. Siempre me llaman la atención las luces y los objetos que se mueven. Hay un tiovivo y una pista de hielo. Hay paradas de artesanía, de dulces, de ropa, de comida típica de navidad: German Glühwein, German Plätzchen, German Bratwurst, Mulled Wine Cider, Hot Roast Pork y hamburguesas. Muy inglés todo.

No hablo con nadie. Es exactamente lo que quería hacer: caminar anónimo por las calles desconocidas. Estar en paz, estar tranquilo, sin prisas, sin ningún lugar al que ir, sin correr, sin sentir que me estoy perdiendo nada. Mirar por la ventana y que cada imagen sea nueva: los tejados, las fachadas, los portales, la humedad de la calle, el musgo de los muros. Las voces, las caras, el frío: distinto, nuevo. Me siento en el pub The Last Drop, el de William: “Tienes que comer algo ahí. Ese era mi lugar”. Me como una hamburguesa con patatas.

Parque de atracciones

Una vez fui a Port Aventura. Tras mojarme completamente en las atracciones con agua; marearme en el Dragon Khan; quemarme al sol esperando en las largas colas de una hora; y casi vomitar tras bajarme de un pulpo que daba vueltas en el que solo había niños, lo tuve claro: odio los parques de atracciones.

Quise darle otra oportunidad en Berlín. Paseaba con Maleko por el Haisehaiden y nos encontramos unas atracciones ambulantes acampadas en medio del parque. Las familias turcas comían bratwurts y nubes de algodón. Los adolescentes intentaban ganar un premio con las escopetas de balines disparando a los palillos que, con las mirillas torcidas, nunca lograrían acertar. Vimos un carrusel de columpios que giraban a gran velocidad. “¿Nos subimos?“, preguntó Maleko con una sonrisa y sus ojos azules a los que dificilmente se podía decir que no. Estábamos en Berlín, ¿como resistirse?.

Los cinco minutos que pasé dando vueltas en aquel cacharro los guardo como uno de los peores momentos de mi vida. No logro recordar nada que hasta ese momento me haya producido tanto terror. Iba a morir, no había duda. Necesitarían días hasta encontrar los pedazos de mi cadáver entre los hierros retorcidos. Mi cabeza aparecería, semanas más tarde, entre las copas de los árboles, medio roída por las ardillas. Iba a salir disparado. Se iba a soltar mi columpio. Se iba a romper el cinturón de seguridad y yo iba a salir volando. Me dolían las manos de apretar las cadenas.

Al bajarnos Maleko lo supo. Lo supieron también los niños que esperaban su turno en la cola. Lo supieron las familias turcas y los adolescentes con las escopetas apoyadas en el hombro. Todos me vieron salir temblando de la atracción, con mi cara blanca, con los puños rojos y con mi voz diciendo “nunca jamás“.

En las noches en las que despierto atacado por las pesadillas aún puedo ver a Maleko doblada por la risa y diciendo “¡¡¡Alexis!!! ¡¡¡No!!! ¡¡¡Te da miedo el tiovivo!!!“.

Desde entonces siempre que paseo por el Haisehaiden intento evitar la zona donde se encontraban las atracciones, no vaya a ser que hayan vuelto a acampar, y alguien me mire con unos ojos azules y me diga “¿Subimos?“.

Casa colonizada

Existen muchas versiones de nosotros mismos. Existen muchos Tús y existen muchos Yos. Existen, supongo, muchas versiones de cada uno de los que nos rodean: muchos Ellos, muchas Ellas. O no: es posible que de algunos individuos exista solo una única versión. Es posible que ellos sean los más felices, pero posiblemente no nos resulten atractivos: la complejidad siempre es más interesante que la sencillez.

Nunca quise ser complejo, sin embargo mi sencillez es a veces muy complicada. No me da miedo volar, ni dormir en las estaciones. Pero me dan miedo los columpios que dan vueltas.

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