El orden de los factores

Creo que estoy un poco enamorado de ti“, dijo el idiota mirando hacia el vaso y moviendo el pie derecho en el aire, con las piernas cruzadas en esa posición en la que pronto hay un cosquilleo de extremidades dormidas, mientras el inconsciente, en su constante actividad, se pregunta en voz baja que mierda de razón hay para sentarse de esa manera, más allá de la teatralidad de la escena y la pose, simplemente la pose, la puta pose, el precio de un gesto, de esa punta de pie moviéndose de un lado a otro, como si tuviera vida propia, sentado frente a ella, con el cuerpo hacia adelante, con la espalda curvada, con el codo izquierdo sobre el muslo izquierdo, con la mano derecha aferrada al brazo como sosteniendo el equilibrio, con la barbilla apoyada en la mano libre, esa pose de estatua de mármol, como pensativo, la mirada perdida, como hablando a alguien que se encuentra más allá de la vidriera de la cafetería y más allá de los límites de la ciudad, un ovillo de piel y huesos con aire distraído, intenso y fingido, evidentemente forzado, un truco de mal actor, de estudiante de primer curso, soltando las palabras de a poco, ese estoy un poco enamorado de ti, con tres pausas entre enamorado y de ti, estoy enamorado, pausa, pausa, pausa, de ti, sin mirar a ningún punto en concreto, sin mirarla a ella, en un gesto ambiguo entre vergüenza y provocación de ternura, una simulación de fondo sensible, equivocado en el modo, la imagen desequilibrada de estar hablando a otra persona, demasiado estudiado el escenario, con los hilos demasiado visibles y el fondo de cartón-piedra, poco hábil al imaginar que a ese estar enamorado, un poco, a pesar de acabar en un de ti, le sobra la mirada perdida, que deja en el aire una tercera persona no presente, un de ti que podría ser de ella, como si la persona presente fuera un espejo de otra cara invisible, una máscara con otra arquitectura, como si el idiota en su preparación del escenario y en el borrador del discurso se hubiera dejado llevar demasiado por el cómo y hubiera prestado poca atención al qué, centrándose en un texto minimalista, estar enamorado, un poco, como un accidente sin importancia, sin ancla de acero que se aferre a un fondo marino, más parecido a la vibración de un cable de teleférico temblando en el aire, tenso, con la cabina quieta, como si ella no fuera el fin, sino un puente, como si este ahora, el de esta conversación, el de este descubrimiento, no fuera directamente dirigido a ella, como si este momento, tenso y quieto, solo fuera un paso subterráneo al otro lado de la muralla, como si ese espacio de palabras fuera el camino para un fin que no es un de ti, un enamorado de ti, un poco, creo, sino un de ti referido a una tercera persona, un sujeto distinto a la entidad que escucha y observa la actuación del ovillo fingido de hombre vergonzoso y forzadamente incómodo, y ella escucha toda esta conversación de ocho palabras sin saber si habla de ella, apenas segura de que el idiota esté hablando con ella, para, al final, tras decir la última palabra, el de ti, lanzar una sonrisa al aire, dar un giro de cabeza hacia la derecha, y mirarla directamente a los ojos, en ese orden, discurso, sonrisa, giro, mirada, como desvelando con el último gesto que ese estar enamorado, tonta, es de ti, es un echarte un poco de menos cuando desapareces, un poco solo, ya sabes, un tono grisáceo, ni blanco del todo ni negro del todo, ni nada del todo ni el todo completo, ni un uno ni un cero, un número decimal entre esos dos enteros absolutos, un cierto porcentaje de verdad, sí, una estadística ponderada, un valor relativo al punto relativo desde el que tú miras y yo miro, un eje de coordenadas diferente para cada uno de nosotros, tú desde tu origen, yo desde mi origen, tres dimensiones, un espacio euclídeo, un valor con altura, anchura y profundidad, no una simple línea recta en la que encontrarnos perfectamente ubicados por una sola incógnita, un espacio algo más complejo, un de ti, para después una sonrisa, un giro y una mirada, pero exactamente en ese orden, con la pausa, pausa, pausa antes del de ti, para responder, sin preguntar, porque el idiota cree que ella le entiende claramente, que ella sabe perfectamente lo que el imbécil trata de explicar, como si la mirada final, como última gran imagen de esta gran actuación en plano secuencia, fuera el giro inesperado y suficiente en la que se resuelve toda la trama, como si este guión fuera el guión más sólido de la historia del cine.

Creo que estoy un poco enamorado– pausa, pausa, pausa –
de ti– sonrisa, giro de cuello, mirada.

Y ella no lo entiende.

Creo que estoy un poco enamorado– sonrisa, pausa, giro del cuello, pausa, mirada, pausa –de ti.

Y ella entonces lo hubiera entendido, idiota.

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