India: Día #13

(lunes 28 de julio – Agra)

Cenizas

Despierto justo cuando el tren se ha parado en un puente metálico y está a punto de llegar a Agra. A pesar del poco espacio que me han dejado las mochilas y que los pies me salían por fuera de la litera he conseguido dormir. He soñado con fantasmas en las calles de Vanarasi. Recuerdo Auschwitz, el campo de concentración de Choeung Ek Memorial, en Nom Pen. Los cementerios siembre me afectaron, no debo regresar a los lugares llenos de cenizas. No me sientan bien. Ahora que ya me he alejado empiezo a sentirme mucho mejor.

Corea

Tal y como salgo a la calle desde la estación sé que no me voy a quedar en Agra. Joey, el coreano piensa lo mismo, así que dejamos las mochilas en el cloakroom y nos vamos a visitar el Taj Majal. Nos lleva un rickshaw hacia la puerta sur, un lodazal, y antes de entrar nos metemos en el chinriguito más guarro que hay en la calle porque tienen comida coreana. “Dios, otro día en el que me voy a morir de hambre”, pienso. Pido una tortilla. Al traerla veo un montón de manchas negras y decido que no tengo tanta hambre. Joey me habla de su lengua y me enseña las diferentes formas en las que se escribe “hola” en coreano. Cuando más cursi, más palitos. Me dice que es un idioma mejor que el inglés, que ocupa menos espacio. Yo le digo que sí.

Hola

Taj Majal

Tras una visita al lavabo más sucio de mi viaje a la India, entramos al Taj Majal. ¿Esto es el Taj Majal? ¿Nos han cobrado tres veces más que cualquier otro monumento y no nos han dejado entrar ni el ordenador, ni las galletas, ni la bolsa de patatas fritas, ni el mechero?

Me queda la misma sensación que me quedó la primera vez que visité la plaza del Torico y no veía el toro por ninguna parte. Si le llamas del Torico esperas que nada más entrar en la plaza veas un toro gigante, y no tengas que preguntar donde está y alguien tenga que señalártelo con el dedo.

Las maravillas del mundo suelen tener algo especial, algo que te transmite y piensas: “esto tiene algo”. Pues no. Como si viera una foto, la misma sensación. Quizá la luz, la humedad, el calor, la suciedad que arrastra mi ropa, el cuarto de tortilla que he comido, el sol que empieza a picar, tengan algo que ver en mi apreciación del monumento.

Al entrar en los cenotafios (esta palabra la he copiado de la guía) de Mutaz Mahal, la esposa que murió al tener el decimocuarto hijo, y Sha Yahan, el marido emperador que, con el sudor de 20.000 personas, construyó el edificio en su memoria -la de la mujer- decido tirar una moneda dentro y pedir un deseo. Después de Varanasiy Haridwar mi espiritualidad está creciendo peligrosamente.

Miro a Joey y le digo, “por mi ya está visto”. “Por mi también”, contesta.

Fuerte de Agra

Con un rickshaw vamos a ver el fuerte mogol que hay en Agra, que es uno de los mejores que hay en India. Tiene muros de arenisca roja y dentro construcciones de marmol blanco como el Taj Majal.

Pregunto a Joey si él cuando se encuentra con otros coreanos en el viaje se saludan, y me dice que no porque cuando ve a uno no sabe si es chino, japonés o coreano, y que por si acaso no dice nada. Justo en la puerta del fuerte un par de asiáticos me piden que les saque una foto y al irnos Joey les saluda. “¿Como has sabido que eran coreanos?” le pregunto. “Por el teléfono”, contesta.

El fuerte me parece más interesante que el Taj Majal, y la vista que hay del monumento desde el fuerte es mejor que la que se tiene desde el propio lugar. Debe ser que se me ha calentado el agua, que el sol es insoportable, que la suciedad de mi ropa es aún mayor que hace un rato o que empiezo a tener hambre.

Estación

Volvemos a la estación. Joey dice que se va a Delhi, que ha decidido irse ya a Pakistán. Yo decido ir a Jaipur. El tren sale a las 6 y llega a las 10 de la noche, pero no me quiero plantar en una ciudad gigante por la noche y sin tener donde dormir. Iré en bus. Nos despedimos con un apretón de manos y Joey, al irse, dice adiós con tres dedos. Se va con su gorra, sus ojos medio cerrados y sonriendo.

Voy a la estación de autobuses y pregunto por el bus a Jaipur. Es justo uno azul destartalado que sale en ese momento. Subo, todos me miran, me siento y la mochila no cabe en ningún lugar, así que la dejo en el pasillo. Se va subiendo gente durante todo el trayecto y se quedan de pie. El viaje es de 6 horas. Estoy encajonado entre una barra de hierro, una madre con su bebé, mi mochila pequeña en las rodillas, un tipo pequeño al lado mío. Me duermo.

Se ha ido bajando gente y he logrado cambiar de lugar y meter mi mochila en las piernas. Comienza a llover fuera. Al rato empiezan a caer gotas del techo. Me pongo el chubasquero. Vuelvo a dormirme.

Bus

Ciudades amuralladas con vacas amarradas a las puertas. Camiones con cabinas de colores. Cabañas de paja. Construcciones de tochana pintadas de blanco con anuncios de telefonía móvil. Tractores con remolque cargando gente. Camellos arrastrando carros.

Llegamos a Jaipur. Capital de Rajastán. Necesito urgentemente una ducha.

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