India: Día #17

(viernes 1 de agosto – Pushkar)

Incienso

En el bazar de Pushkar se puede encontrar el catálogo completo de primavera-verano del místico: pantalones cagados; pantalones bombachos; camisas de material ligero y cuello abrochado con cuerdas, con cuello redondo y colores pastel, de los que solo con ponértelos te molestan las zapatillas VANS y solo quieres ir por la calle saludando a la gente con el gesto del puño en el pecho, y es el modelo que te has visto obligado a vestir para quedar con ella; esos pufos multicolor tan bien quedan en su piso, entre libros de Bucay y Coelho, y en los que a los diez minutos te duelen las piernas, pero sonríes, y dices sí con la cabeza cuando ella pregunta si estás cómodo; tiendas de música con mil discos de sitar que ella pone en su iPhone para que suenen en los altavoces bluetooth, y tú haces el gesto de ok, como girando la cabeza a un lado y sonríes; esos colgantes de elefantes y pájaros y campanas con lo que ella ha adornado todo el piso, incluso el baño, como has podido comprobar al ir a lavarte las manos y decirte a ti mismo “hoy ten paciencia y di que sí a todo”; esas faldas como de duende y esos chalequitos que no sabes muy bien para que sirven, y esos collares de bolas de madera y de pulseras con cosas doradas, que hacen clic-clic cuando ella deambula por la casa; y también, ese incienso que ella está apunto de encender, cuando ya te has tenido que quedar descalzo, te has sentado en el pufo y te duele la espalda, suena la puta música de sitar, te estás tomando ese té apestoso que arde y lo tienes cogido con las dos manitas y soplas, buf buf, sonriendo, para que se enfríe un poco, y es entonces, cuando la balanza entre tener paciencia vs tengo que tirármela está en un punto de equilibrio difícil de sostener, y la ves ponerse de pie, con un comentario de “espera, se me olvidaba”, y saca unas cerillas de uno de los muebles de madera con adornos tailandeses, y la ves, en cámara lenta, encender una y acercarla, también en cámara lenta, al incienso y es cuando tienes que gritar “NOOOOOO”, “BASTAAAAAA”, que sonaría muy grave al ser, también, en cámara lenta, un no con muchas os y un basta con muchas as. Y sabes que ya no hay nada que hacer, que no te la vas a tirar, pero piensas que hasta tú, en tu desesperación y en tu queganasletengo, tienes ciertos límites, y te preguntas como es posible, que sabiendo todo esto, aún te siguen gustando las hippies que sueñan con India.

Todo esto, y mucho más, lo pudo haber comprado ella en India cuando hizo ese viaje tan profundo que le cambió el modo de plantearse la vida. Y es muy posible que lo hiciera en los bazares de Pushkar.

Solo hablar

Me había cruzado un par de veces, por esos bazares, con una india cargando con su niña pequeña, y vendiendo unas pulseras de plata. Me ha mirado y enseñado las pulseras a lo lejos, y he sonreído y dicho no, gracias.

Me paro a tomar un chai y me quedo de pie en una de las escaleras de un ghat que va al lago y la chica se acerca. Se sienta a un par de metros y la niña se pone a jugar conmigo. Quiere dibujar en mi mano con henna. La chica me dice que me siente a su lado, que solo quiere hablar. Digo que no, que estoy bien así. Me pregunta si tengo familia, ella me dice que tiene seis hermanas y un hermano. La niña sigue jugando. La madre me dice el nombre de su hija, y que tiene tres años. Me siento a su lado. La niña juega con mi cámara, se abraza a mis espalda, intenta dibujar en mis manos. Le pregunto si es de aquí, me dice que no, que es de otra ciudad pero que vive en el desierto, en una tienda. Le pregunto si está casada, dice que sí, pero que el marido es un alcohólico y le ha dejado, que está sola, y que en la India ser mujer sola es muy difícil. Me cuenta que se gana la vida vendiendo esas pulseras, dibujando con henna o pidiendo.

A pesar de estar cansado de todos los que se acercan solo para venderte algo, especialmente en la zona del lago, donde todos quieren enseñarte como tirar flores y conseguir la bendición de Brahma, hay algo de sincero en la forma en la que ella me habla. Quiero creer que de alguna manera tenía curiosidad, le apetecía hablar conmigo, estar un rato cerca. Imagino una vida en la que cada día es una lucha por conseguir unas pocas rupia, por dar de comer a la niña, por sobrevivir. Tener que ser simpática con personas como yo, de otro mundo, que no entienden nada, que no saben nada, que solo están de vacaciones. Imagino que, por un segundo, ha tenido curiosidad por mi, por mi sonrisa, por mi modo de andar, por algo concreto, que le ha resultado atractivo. Que realmente no quiso venderme nada, ni pedir dinero, simplemente por unos minutos tener una conversación con otra persona, de otro mundo. Quiero creer que no siempre es mentira.

Lluvia

Estoy en un dormitorio en una azotea. Hay siete camas repartidas por la habitación, con techo de lona, ventanas abiertas de cristal y ventiladores. Hay un jardín y tortugas por el suelo. Llueve fuera, y yo estoy tumbado en una de las camas, una que no es la mía. Van entrando gotas que salpican mis brazos y piernas. El ventilador es un murmullo. Hay dos personas más en otras dos camas. Me duermo. Al despertar ya no llueve y no hay nadie. Ni las tortugas.

Cenando

-Sigo sin entender donde está la espiritualidad, qué tengo que aprender de este modo de vida.
-Quizás ahora no lo sepas, pero estoy segura que al llegar a tu casa, después de un tiempo, lo sabrás. Hay algo en el caos, en la locura, que funciona.
-Para mi son como niños que juegan: saltan de los buses y los trenes, conducen al límite del accidente, no hay reglas.
-Es cierto, pueden pasar horas discutiendo solo por discutir, nunca te robarán, pero intentarán tomarte el pelo para que les des tu dinero. Te mentirán con naturalidad, sin remordimiento.
-Yo creo que simplemente les da todo igual. No tienen nada que perder, y no les interesa poner orden.
-Hace más de veinte años que vengo a India, la odio y la amo al mismo tiempo, hay veces que los mataría a todos, pero esa mala energía que me trasmiten algunos lugares, desaparece rápido. Viven al límite porque tienen el dios de la creación y el dios de la destrucción. No cuidan nada porque la destrucción es parte de la vida, por eso ven tan normal la muerte.
-Estoy enfadado porque podrían cambiar algunas cosas pequeñas, y no quieren. No es necesario que haya mierda enfrente de las casas, ni vacas por la autopista. Parece que todo es un juego.
-Viven así, pero si fijas siempre sonríen. A pesar de todo, son felices. Y eso es lo que tenemos que aprender: ser feliz en cualquier circunstancia.
-Creo que voy a necesitar más tiempo para entenderlo.
-Créeme, cuando llegues a tu casa, lo entenderás.

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