India: Día #21

(martes 5 de agosto – Bombay – Mumbai)

Yoga

He utilizado por primera vez un Sleeping Bus, un bus con cama. Al hacer la reserva no me quedó claro en la imagen de selección de cama que habían dos tipos: sencilla y doble. Las dobles eran como dos sencillas de forma, y pensé que una era arriba y otra abajo, así que elegí lo que pensé era una cama abajo. Y no, no lo era. Era una cama de matrimonio sin separación en medio, así que en el viaje UdaipurBombay, de solamente 17 horas, he compartido mi cubículo con un señor indio con barriga y bigote. Y su equipaje y el mío. Y al cubículo le faltaban diez centímetros para que yo cupiera estirado. Es entonces cuando he entendido para que sirve el Yoga. Por fin.

El yoga (del sánscrito ioga) se refiere a una tradicional disciplina física y mental que se originó en la India. La palabra se asocia con prácticas de meditación en el hinduismo, el budismo y el jainismo.

Según sus practicantes, el yoga otorga como resultado:

  • la unión del alma individual con la divinidad (Brahman, Shiva, Visnú, Kali, etc.), entre los que tienen una postura religiosa de tipo devocional;
  • la percepción de que el yo es espiritual y no material, entre los que tienen una postura espiritualista;
  • el bienestar físico y mental, entre los que tienen una postura racionalista (atea o agnóstica).
  • Wikipedia

    Yo soy más de la tercera acepción.

    Primero he tenido que adaptar cada músculo de mi cuerpo para encajar en el espacio que me quedaba entre mis dos mochilas, la escalera de subir a la cama de arriba y el cuerpo extraño a mi derecha, que, todo sea dicho, estaba tan incomodado por mi presencia como yo por la suya, y su equipaje.

    Luego he tenido que encontrar un sitio seguro dentro de mi mente en el que refugiarme del exterior y asumir, primero, que iban a ser 19 horas (que finalmente fueron 17); segundo, que, según el tícket, el bus realiza 24 paradas y es muy posible que el señor de bigote quiera pasar por encima mío para salir, con su barriga; y tercero, que el bus se mueve mucho y es muy probable que el señor del bigote acabe roncando encima mío o yo encima de él o simplemente abrazados con las caras muy juntas.

    Gracias a las clases de yoga y meditación que he estado tomando los últimos años, y a las clases intensivas que he tenido estas semanas en la India impartidas por verdaderos maestros, he conseguido relajar mi cuerpo y salir de mi mismo, y dormir todo el viaje.

    Al dejar el autobús el señor de la barriga y el bigote y yo nos hemos dado la mano. Es lo mínimo después de pasar una noche juntos. Namasté.

    Bombay

    Llego por la mañana y en Bombay sigue lloviendo, con la imagen exacta de suciedad que me llevé cuando me marché. El día de hoy es una espera, mi avión saldrá por la noche y no me apetece estresarme con el ruido, el polvo y la lluvia de esta ciudad. Quiero pasar el día en el mismo hostel en el que me alojé al aterrizar. No usaré la cama, pero quiero estar en un sitio tranquilo, con gente con la que charlar, donde poder ducharme y saber para qué se utiliza la toalla del baño. Escribir mi último relato antes de coger el avión.

    Justos por pecadores

    A ver, amigo, por enésima vez, NO picante + juntar el pulgar y el índice en forma de, adivina, un cero, no una “o”, un cero, y decir la palabra “CERO” y la palabra “picante” + el gesto de NO con el dedo índice más el movimiento de la mano al cuello y la boca abierta e interpretando a alguien que le arde la boca = QUE LA COMIDA NO SEA PICANTE. ¡REDIÓS!

    Decidido, el próximo turista indio que me encuentre en un bar de tapas de Barcelona y me pregunte qué es cada cosa, voy a decirle que todo es vegetariano, y que no puede irse sin probar unas croquetas de pollo, una bomba, que además pica un poco y le gustará, y que pruebe alguna vez un fricandó, una butifarra o una morcilla. Sobre todo una morcilla, y que la pida con arroz que así le recuerda a su casa. Eso que está fibroso y parece carne es tofu español.

    El indio no tendrá la culpa, pero alguien tendrá que pagar por irme de Bombay con toda la puta acidez.

    Escena final

    La película termina con un plano fijo dejando al protagonista entrando en el aeropuerto, con los mismos pantalones y la misma camisa con los que llegó, pero todo más sucio y viejo, tras haber acompañado la cámara todo el recorrido en rickshaw, con la lluvia intermitente, desde la calle del hostel. El sonido ambiente de bocinazos y gritos.

    Sabemos que el personaje no ha aprendido absolutamente nada, que todo lo que ha pasado no le ha calado lo más mínimo, que no ha entendido nada, y se va feliz porque ahora, por fin, podrá discutir con todos los namastés que pasen por su vida con los pantalones colgones, descalzos, comiendo con las manos y con collares de símbolos que solo venden a los turistas en la India. Como el alemán que vuelve a Frankfurt tras pasar una semana en Salou y lleva puesto un sombrero de mexicano.

    Fotos

    Hoy una foto. Solo una.

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