India: Día #7

(martes 22 de julio – Amritsar)

Camisas

Cuando éramos niños en los veranos solíamos hacer la ruta Barcelona-Sevilla, Sevilla-Lugo, Lugo-Barcelona. En coche por carreteras secundarias. Mi madre llevaba entre las piernas una cesta con comida para todo el viaje y mi padre, que era el que conducía, siempre ponía tres condiciones, uno: que hubiera un termo de café con leche; dos: que pudiera fumar un puro durante el viaje; tres: que no lleváramos chándal, sobretodo mi madre. Odiaba con todas sus fuerzas cuando parábamos a repostar o a comer y junto a nosotros se paraban otras familias y se bajaban del coche vestidos con chándal. Un padre con chándal era aún peor que una madre en chándal. Mi padre nunca nos hubiera metido en el coche vestidos de esa manera.

Por ese motivo siempre que viajo uso la misma ropa que visto cuando voy a trabajar o vivo mi vida normal. Las mismas camisas, las mismas camisetas, los tejanos, las mismas zapatillas. Tomo café, sin termo, pero aún no he aprendido a fumar puros.

Amritsar

Hace 450 años, cuando se construyó esta ciudad, la gente caminaba, circulaba en caballo o carro y se iluminaban con gas o antorchas. Las calles estrechas estaban sin asfaltar. Se construyeron los templos, las torres, las murallas, las puertas, se montaron los bazares con telas, alfombras, especias, fruta, herramientas. Pasó el tiempo y poco a poco las casas se fueron volviendo viejas, llegaron los coches y el humo, la electricidad y los cables eléctricos, las antenas parabólicas. Las calles siguieron siendo estrechas, los bazares se llenaron de plástico, neumáticos, televisores, carteles de colores, vendedores de tickets, electrodomésticos. Fuera de las murallas el hormigón invadió los espacios de palmeras y lagos, los ríos se pudrieron. Edificios de apartamentos, hoteles de lujo, centros comerciales, carreteras elevadas, rikshaws debajo de los puentes.

Y luego llegamos nosotros, los listos, a quejarnos de todo.

Lucky 2

Pues resulta que el callejón agujero donde está el Lucky Guest House no es un agujero ni un callejón, sino una calle normal del bazar a 50 metros del Templo Dorado. Vamos a tener que traer a un estilista para que mejore un poco las cosas porque me asustó lo mismo que me asusta un travestí viejo, de los que han envejecido como un abuelo, a las cuatro de la mañana por esa calle que hay donde el Marsella y al lado de la Filmoteca. Son buena gente, hasta cariñosos, pero dan mucho miedo vistos con la luz incorrecta.

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