La radio

Al llegar a casa de noche, sin importar la hora que fuera, siempre habían dos sonidos esperándome al entrar por la puerta: la voz de mi madre preguntando si éramos uno de nosotros; y los murmullos lejanos que emitía la radio de mi padre, que siempre estaba encendida mientras dormía.

Desde que puedo recordar a mi padre, siempre tuvo una radio en la mano. Al llegar a casa y sentarse a cenar, la colocaba al lado de su plato y bajaba el volumen lo suficiente para que él pudiera escuchar y que los sonidos de la televisión mezclados con el silbido del altavoz mono, no nos volvieran a todos locos. Siempre programas de noticias, o tertulias. Nunca de música. Siempre gente hablando y hablando. Y los domingos, carrusel deportivo.

Por la noche, al acostarse, siempre el primero, metía la radio debajo de la funda de la almohada. Cuando nos acostábamos el resto de la familia, lo último que escuchábamos al cerrar los ojos era el murmullo lejano de esas voces que nunca se callaban. Mi madre, ya acostumbrada a esa banda sonora, nos contaba que cuando eran novios y salían a pasear, mi padre llevaba una radio en el bolsillo de la camisa. Decía que ahora si no la escuchaba al meterse en la cama, no dormía bien. Que éramos animales de costumbres.

Cada noche de reyes y cada cumpleaños le regalábamos un nuevo aparato. Siempre el mismo modelo: una SANYO que era un poco más grande que un paquete de tabaco. De color azul clarito, naranja, blanco o negro. Con una rueda de encendido-volumen, otra rueda para sintonizar y un botón para cambiar entre AM y FM. Tenía una en casa, otra en el coche, y una en el capazo de las herramientas. En los pisos vacíos que estaba reformando o las casas a medio construir siempre había una de las radios. Siempre manchadas de cemento y de yeso.

Por las noches, de vez en cuando, nos despertaba el golpe en el suelo del aparato al caer de la cama. Luego el silencio, para, minutos más tarde, volver a escuchar el rumor y sentir que todo estaba bien, que todo seguía en orden.

A punto de cumplir los 25 años me marché de casa, para hacer feliz a mi padre que siempre decía “yo os mantengo hasta los 25”, y dejar de oír a mi madre aquello de “cuando tú tengas tu casa, ya harás lo que quieras”. Dejé de depender de mis padres y empecé a crear mi propio desorden, que era como realmente quería vivir. Y dejé de escuchar el murmullo de la radio por la noche, y la voz de mi madre preguntando si era yo el que llegaba a esas horas de la madrugada.

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Siempre compartí la habitación con mi hermano. Él era el pequeño y estaba sometido a mi espacio. Yo estaba sometido al mismo tiempo al orden que imponía nuestra madre, que entre otras cosas decidía qué apuntes se quedaban sobre la mesa, y qué recuerdos deberíamos guardar o tirar a la basura porque molestaban. “Cuando tú tengas tu casa, ya harás lo que quieras”, solía ser la respuesta a todas nuestras quejas.

Durante los 25 años que estuve en casa de mis padres, 22 los pasé compartiendo habitación con Juanan. Los 3 primeros de mi vida, antes de que él naciera, los pasé con mi hermana, la mayor de los tres, que me tenía sometido a su espacio, y los dos estábamos sometidos, a nuestra vez, al orden impuesto de nuestra madre, que guardaba nuestros juguetes y tiraba a la basura nuestros pañales, sin preguntar si nos parecía bien.

Estábamos tan acostumbrados a compartir habitación, Juanan y yo, que a mis 14 y a sus 11 años, cuando mis padres construyeron una casa de verano en Teruel, con 5 habitaciones, nosotros decidimos usar la misma, a pesar de tener cada uno la suya. Cuando ya teníamos 19 (y 16), y empezamos a ir solos a la casa, siempre compartíamos el mismo cuarto. Cuando íbamos con amigos o novias, metíamos las camas en la habitación de mis padres, que era la más grande, y seguíamos durmiendo juntos. No importaba sin estaban nuestros tíos, nuestros amigos o estábamos solos, siempre en el mismo cuarto aunque el resto estuvieran vacíos.

Cerca de los 25 años, cuando me fui de casa, Juanan no vino conmigo. Dejé de ir al pueblo con la familia porque el mundo se había hecho más grande y quedaban mil ciudades por descubrir. Dejé de compartir la habitación con él. Seguí prefiriendo un dormitorio con 10 extraños en un hostel de mochileros a una habitación para mi solo en un hotel de cinco estrellas, pero ya no estaban mis hermanos.

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Hace un par de años regresamos al pueblo juntos. Juanan y yo. El grupo con el que tocábamos estaba parado y nos entraron ganas de hacer algo nuevo, más sencillo. Nos apetecía dejar la guitarra eléctrica y simplemente tocar canciones acústicas, como cuando empezamos a tocar de adolescentes y nos dedicábamos a sacar canciones de cantautores y a improvisar uno sobre la base del otro. Recuperamos unas viejas canciones que guardábamos en el disco duro del ordenador, llamamos a Lorena, y nos fuimos los tres otra vez a la casa del pueblo, a pasar el fin de semana entre canciones antiguas.

La primera noche estuvimos hasta casi el amanecer tocando, grabando y bebiendo. Juanan y yo nos metimos en nuestra habitación de siempre y caímos desmayados. Lorena dormía en la habitación de mis padres, que tenía la cama más grande.

Al día siguiente, de resaca, apenas hicimos nada. Fuimos a Albarracín a tomar vino y comer queso, y más tarde vimos una película tirados en el sofá, escuchamos lo que habíamos grabado el día anterior medio borrachos y decidimos irnos a dormir pronto.

Al poco de tumbarnos y cerrar la luz, escuché un sonido lejano, como una voz, que, acostumbrado al silencio total de la sierra, solo roto por algún ladrido o el viento, me extrañó. No podía ser Lorena, que estaba a dos puertas y un pasillo de nosotros. Intenté dormir, pero seguía escuchando sonido de voces, así que encendí la luz buscando el origen y vi que Juanan estaba con los auriculares puestos conectados al iPhone.

¿Duermes con la radio?”, pregunté, “Emmmm…sí”, contestó. “Me he acostumbrado a escuchar podcast al acostarme”.

Cerré la luz e intenté dormir, pero el sonido metálico se me clavaba en los oídos, así que volví a encender la luz y le pedí que lo quitara.

Y entonces dijo: “¿Porqué dormimos juntos si yo tengo mi propia habitación?”. Cogió las mantas y se fue a su cuarto, el que le habían asignado mis padres cuando se construyó la casa y que nunca antes había utilizado, a seguir escuchando sus podcast. Al día siguiente aún se preguntaba como era posible que hasta ese día no se hubiera dado cuenta que estábamos durmiendo en la misma habitación. Yo dibujé con los hombros el gesto del no-se y le contesté “somos animales de costumbres”.

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Mi padre ya no escucha las noticias ni las tertulias, y ahora que se ha jubilado aprendió a buscar en Google. Mi madre, de vez en cuando, está en la cocina o recogiendo la ropa con un reproductor de CD con auriculares donde escucha la música que a mi padre nunca le gustó oír. Cuando hemos vuelto al pueblo, Juanan y yo dormimos en habitaciones separadas.

Muchas cosas han cambiado en la familia con los años, pero la radio sigue sonando.

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