La sombrilla

Se levantó de pronto un golpe de aire, y la sombrilla de uno de los que estaban sentados en la orilla, a pocos metros de donde nosotros vagueábamos, salió volando. Nosotros, un grupo tan grande como era habitual en nuestros veranos en Manorca, jugábamos a cualquier cosa con medio cuerpo dentro del agua y el otro medio rebozado de arena. Seguramente algunos cavarían zanjas, mientras otros fumaban un cigarro o bebían una cerveza de la nevera repleta de hielo que cargábamos en cada salida a la playa. Como nosotros, otros cientos de grupos de amigos haciendo la misma nada cuando llegó el golpe de viento y la sombrilla salió volando.

En ese momento, justo cuando salió disparada, todos y cada uno de los grupos dejamos de hablar de nuestra cosas para observar al tipo que, en ese mismo instante, se puso en pie de un salto para alcanzar la sombrilla. Las gaviotas dejaron de chillar como niños, se pararon los motores de las barcas, las radios y las guitarras dejaron de sonar. Todos y cada uno de los vagos que hacíamos nada supimos que para aquel tipo que había arrancado con mucha fuerza pero con una torpeza gigantesca, no había otro final posible que caerse de la manera más espectacular sin llegar, ni siquiera, a tocar la sombrilla.

Él mismo lo sabía, y la sombrilla había dejado de ser su prioridad. Lo único que importaba ahora, consciente del tiempo detenido, era saber cuándo, y de qué manera, iba a caerse. Rendido ante la evidencia que ya nadie fumaba su cigarro o daba un trago a la cerveza, que las palas no cavaban zanjas y que los ojos de los cuerpos rebozados de arena solo estaban pendientes de ver la caída, toda su concentración estaba puesta en cada uno de los pasos que iba dando, impulsado por la energía desmedida del propio mal arranque, y encontrar el momento de caer.

Debió dar tres o cuatro zancadas que, todos y cada uno de nosotros, fuimos viendo a cámara lenta. A cada paso su cabeza estaba más adelantada respecto a las piernas, y cada vez su cuerpo más paralelo al suelo. Hasta que, dando un giro de 180º sobre su propio eje, en un movimiento inesperado, cayó sobre la espalda en la misma orilla, con la cabeza golpeando el agua. El silencio se rompió con el chapotazo y el golpe. Las gaviotas volvieron a gritar, los motores de las barcas se pusieron en marcha, las radios y las guitarras volvieron a sonar. Los vagos seguimos fumando nuestros cigarrillos y bebiendo nuestra cerveza, y nos dimos otra vuelta más en la arena para acabar de rebozarnos bien, mientras aplaudíamos en silencio.

Alguno de los nuestros, de los muchos que solíamos ir a veranear a Menorca, dijo: «Antes de ponerse en pie, ya estaba cayéndose».

A veces sucede así: hay un golpe de viento y salimos corriendo con una energía desmedida, y desde el instante cero sabemos que lo único que nos queda es caer, que el único objetivo es encontrar la manera más elegante de hacerlo, pero no podemos parar de dar pasos hasta encontrarnos con el desastre.

No sé porqué he decidido ir a la India, pero sí sé que desde que se me metió en la cabeza el viaje estoy condenado a darme cabezazos. Cada paso que he dado ha sido un desastre, pero ahora ya no puedo parar, y lo único que me interesa, más que el viaje en si mismo, es saber como va a acabar. Quiero saber si seré capaz de dar un giro inesperado de 180º y recibir un aplauso silencioso por la espectacularidad del golpe, para luego regresar a mi orilla y seguir bebiendo cerveza como el resto de los vagos.

Pero me gusta creer que al final de la película, cuando los espectadores se han levantado de sus butacas y han abandonado la sala del cine, sin ver los créditos finales, aparece una última escena en la que el tipo, pasado el momento del drama, y vuelto al anonimato, se pone en pie, se rasca la parte de la cabeza donde se ha dado el golpe, y anda tranquilamente hasta donde ha caído la sombrilla, a la que ya nadie presta atención, y la recupera.

Quiero creer que los golpes, a veces, esconden buenos finales.

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