Los caballos de Tagong

Este texto es la continuación de un diario de Sicilia que se empezó en junio.


Martes 14 de junio, 2016

All star

En Agrigento hay muchas iglesias, y muchas escaleras, y muchas cuestas, y una tienda de zapatillas all-star a OCHENTA EUROS EL PAR. 80 € por unas zapatillas que en los noventa Juanan y yo comprábamos a dos pares por 20 € y parecíamos los tontos de la clase por llevarlas.

Piedras

El Valle dei Templi no es un valle, sino una explanada en la montaña que rodea a la ciudad de Agrigento. Son las ruinas, aún gran parte sin excavar, de la antigua ciudad griega de Acragente.

Este es el resumen verbal de la visita por las ruinas:
Andar, andar, respirar, mirar una piedra; caminar, caminar, volver a respirar, mirar otra piedra; arrastrarse, arrastrarse, sentarse, mirar una columna; andar, caminar, arrastrase, mirar otra columna.
Sol.
Y otro montón de piedras.
Y algunas columnas.
Y un ángel caído de bronce con unas alas y un pene y unos testículos enormes.
Más sol.
Y jubiladas con gorros redondos de tela y gafas del Sheriff Lobo tomándose fotos junto a la estatua, la de los huevos gigantescos.

Solo eso.

Y bueno, quizás algunos templos de hace 2.500 años. Pero sobretodo hay piedras. Muchas piedras y mucho sol.

Marga

Dejamos atrás la zona post-apocalíptica y pasamos por delante de un centro comercial con aspecto de salamandra brillante y gigante tumbada a las puertas del desierto. No sé a donde vamos. Estoy seguro que lo han mencionado en la conversación en italiano que tienen entre ellos y que yo finjo entender todo el tiempo. “Io capisco” digo cuando me miran. Llevo el bañador en la bolsa, así que creo que vamos a la playa. Por suerte son pasadas las 5 de la tarde y a partir de esta hora mi odio hacia el horror que es la mezcla de arena, sol, agua salada y olas, se vuelve tolerable.

Paramos en un alto donde se puede dejar el coche. Bajamos caminando a una playa con chiringuito de madera blanca, patines-tobogán y sombrillas. Seguimos bordeando la orilla. Ellos siguen hablando en italiano, me miran para comprobar si sigo la conversación y yo digo “Io capisco”. Giramos un pequeño monte y aparece una roca gigante y blanca. Hemos llegado a nuestro destino: la Scala dei Turchi. Vale. No hay arena. Según me explica Paolo por esa especie de escalones subían los piratas, y por eso se llama la “Escarela de los turcos”.

Luego, buscando en Internet lo que no he logrado entender de la conversación de toda la tarde, me entero de que los piratas eran sarracenos y árabes, y por lo tanto turcos. También me entero de que ese tipo de roca blanca se llama “Marga“.

Voy a tener que decirles que sé mucho menos italiano del que finjo saber.

Caballos

Año 2006. Queríamos ir a Lhasa pero, según Internet, desde que funcionaba el tren de alta velocidad entre Beijing y la capital del Tíbet, los chinos han -los clásicos de pantalón negro y camisa blanca, y que son el 90% de la población total china, y por lo tanto el 20% de la población mundial- la habían invadido y habían importado su manera de escupir y fumar compulsivamente. Según decían los mismos foros que consultábamos también habían acabado con la espiritualidad de los templos, convirtiéndolos en parques temáticos para el turismo chino. De plástico y cemento. Ya no se veían monjes budistas.

Puede que no fuera verdad, o puede que sí lo fuera, pero con la cantidad de hormigón, escupitajos y fumadores compulsivos que nos habíamos encontrado en todo el viaje por China, decidimos ir a otro lugar budista cercano al Tíbet: Tagong.

Nos costó un par de días llegar. Primero tomamos un bus de Chengdu a Kading, donde hicimos noche y pudimos negociar, a la mañana siguiente, con un par de conductores para que nos llevaran a Tagong. Siguiendo una carretera de curvas y polvo llegamos al pueblo después de 8 horas de camino.

Tagong tenía aspecto de ciudad de Spaghetti Western. Había monjes chinos con aspecto de indio piel roja de John Ford apoyados en sus motocicletas, con larga melena negra y gafas de sol de montura metalizada. Por las calles mucho color naranja, ocre, rojo y banderitas de plegaria sobrevolando nuestras cabezas.

Después de visitar los templos y comer berenjenas rebozadas en un barecito de la plaza, un tipo se nos acercó para hablar con nosotros. En nuestro recorrido por el país la comunicación con la gente de la calle había sido imposible: no entendíamos los dibujitos que era su vocabulario; nadie hablaba inglés; no sabíamos pronunciar ni las gracias en mandarín; y los gestos estándar de ““, “no“, “beber” y “la cuenta” no servían. Pero aquel señor, de una edad indefinida de entre 15 y 90 años, nos propuso ir a los campamentos de los pastores nómadas y ver yaks. Había que ir en caballo. Y yo, que siempre tuve miedo los caballos, dije que no. Pero el resto insistió, mucho, y me vi obligado a aceptar.

Acudimos a la hora convenida en el lugar acordado y apareció el tipo con otro par más de tipos arrastrando varios caballos, todos con su aspecto de piel roja, su melena larga y sus gafas de sol, de una edad indefinida entre 15 y 90 años. De lejos, mientras se acercaban, todo parecía normal. Pero al llegar a nuestra altura pude comprobar que todo estaba a escala. A la escala de ellos y a la de mis amigos, que eran unos 25 centímetros más bajos que yo. Aquellos animales me llegaban más o menos por la cintura. Eran ponis para mi tamaño. Dije que yo no me subía a ninguno, pero insistieron, mucho, y me vi obligado a aceptar de nuevo.

Al sentarme en el lomo las piernas me arrastraban por el suelo. Al meter los pies en los estribos y quedarme las rodillas tan dobladas, casi a la altura de la cabeza, mi imagen era la de un payaso tonto en una de esas mini bicicletas con las que dan vueltas a la pista del circo antes de que el payaso listo le pegue un tortazo y los niños y adultos se meen de la risa.

No solo eran enanos los ponis, también eran salvajes. Aquellos caballos jamás habían cargado a un ser humano y se negaban a caminar con nosotros a cuestas. Yo insistía en que aquello no era buena idea, y que me bajaba, pero el resto insistía en continuar, bien acomodados en los caballitos de playmobil con sus apenas metro sesenta. Tuve, otra vez, que callarme y aceptar. Comenzamos a subir una montaña y no había forma de que mi caballo se moviera. Uno de los chinos piel roja con melena larga y negra y gafas de sol me indicó con signos que golpeara con las bridas. O al menos eso entendí, al ver lo que parecía el signo universal de golpear algo con un látigo, olvidándome de que en ese país no hay nada razonable y los signos significan cualquier otra cosa. Golpeé con la brida en el lomo del poni y empezó a correr. Y a correr, y a mi se me salió un pie de un estribo, y seguía corriendo, y me quedé con medio cuerpo fuera del caballo, con el otro pie enganchado, y el poni salvaje seguía corriendo, y yo agarrándome por el lomo, con una mano a cada lado, en esa posición de presidiario en la ducha descargando tensión en el chico nuevo que recoge el jabón del suelo. Hasta que logré saltar y caer de costado encima de las piedras y dar un par de volteretas.

Esta vez nadie intentó convencerme y me dejaron regresar, cojeando y dolorido, hasta nuestro hotel. Al poco rato llegó Marga, que tuvo que abandonar la expedición cuando su caballo se negó a seguir caminando. Varias horas más tarde, ya de noche, regresaron los demás contando la maravillosa experiencia de haber estado con los pastores en sus tiendas de campaña y de haber comido queso y leche de yak.

Al día siguiente volvieron a recogernos los mismos conductores que nos habían dejado en Tagong para llevarnos, después de 8 horas de curvas y polvo, de vuelta a Kading. Antes de entrar en la ciudad nos paramos en un descampado donde hacían cola otros coches para, con unas mangueras a presión, arrancar la roña del camino. Desde mi asiento, mientras esperábamos, pude ver como Amanda salía corriendo del otro coche con una mano apretándose el culo. Al llegar a Kading el resto de los amigos, uno a uno, fueron corriendo por turnos a los agujeros públicos que encontrábamos por las calles y simulaban ser lavabos, siempre con la mano apretando el culo.

Todos corrieron, menos Marga y yo, que seguimos comiendo con el mismo asco que el resto de los días, pero sin tener que salir corriendo y apretarnos el culo en ningún momento.

Yo seguí cojeando hasta regresar a Barcelona.

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