Quieto

Quedarse quieto, sin moverse, sin hacer nada, encerrado, esperando que pase el tiempo, que se haga de noche, luego de día, otra vez de noche y otra vez de día. Una hora y otra, un mes y otro mes. Año tras año.

Quieto, sin moverse, respirando lo justo, observando lo justo, pensando lo justo. Así nunca más echar nada de menos. En el vacío no hay sonido ni en la oscuridad imágenes. No recordar un olor, ni una textura. Ni un sol entrando por las rendijas de la puerta, ni una brisa con olor a sal.

No tener ningún espacio al que echar de menos. Que no haya invierno que te guiñe el ojo, mueva la cabeza con la boca torcida y diga: “Ves, tonto, cómo nunca debiste moverte”, con el tono de una madre que riñe tras una pequeña travesura. Que no haya verano que te dé nuevas oportunidades, para que el otoño no te las robe por tus malas elecciones. Tres estaciones esperando la primavera, y toda una vida para lamentarlo.

Así son los inviernos en los que no escribí la historia que quería contarte. El miedo a que las palabras congelasen para siempre la belleza de aquel instante. La pereza de que tu yo antiguo te susurrase desde una página amarillenta escrita con tu letra de antes, la de alguien más joven, y te dijera: “Ay con lo que tú has sido”. Con el tono de un borracho que se resigna a que le nieguen la última copa.

Nadie me explicó el secreto para no echarte tanto de menos. Ojalá no me hubiera quedado quieto, esperando que pasaran las horas. Así, en el desierto en el que habito, con la carretera a lo lejos, apenas un borrón de horizonte, nunca hubieran llegado tus pies buscando donde quedarse. Si yo solo hubiera respirado lo justo, observado lo justo, pensado lo justo, y hubiera dejado que los minutos te llevaran con el viento que te trajo. Si simplemente me hubiera quedado mudo hasta que pasaras de lado y siguieras tu camino.

Ahora solo queda registrarse en el club de los solitarios. De los que, teniéndolo todo, no tienen nada.

Deja un mensaje

Deja un comentario