Ropa de trabajo

Era un sábado de un fin de semana cualquiera de otoño y mi padre pasaba la mañana, como todas las mañanas de los sábados de aquella época, trabajando en la construcción de un edificio en el centro del Prat, en la Carretera de la Marina. Debían de ser las 11 de la mañana cuando un señor que vivía en uno de los bloques vecinos se acercó a la obra para informar de que había visto desde su balcón a un par de yonkis durmiendo en el terrado. Mi padre, suponiendo que se habrían colado por la noche, cogió una pala, llamó a un par de compañeros, y subió por la rampa donde todavía no habían escalones, seguido por el vecino y otros obreros que habían oído la conversación. Cuando entró en la terraza se encontró que los dos cuerpos tumbados sobre una placa de poliespán y durmiendo eran sus dos hijos: mi hermano Juanan y yo.


Desde muy pequeño, en los días libres de las vacaciones escolares, acompañaba a mi padre a los pisos de Barcelona en los que solía trabajar arreglando un baño o una cocina, y a veces también salía de la ciudad, donde construía y arreglaba casas de fin de semana. Pasaba las horas jugando con la arena y los ladrillos, saltando entre los escombros y tirando piedras a los bidones oxidados. Mi padre me enseñaba a diferenciar entre una llana y una paleta, y entre un capazo y una gaveta. A veces me daba el monedero de la calderilla y me enviaba a comprar una botella de agua fría, una cerveza y una Fanta. A mi padre le gustaba tenerme alrededor, acostumbrado a pasar el día con la única compañía de las voces de la radio. A mi me gustaba el olor húmero de las zanjas, la textura del cemento en polvo y encenderle los cigarrillos.

Juanan, tres años más pequeño que yo, no empezó a venir con mi padre y conmigo hasta llegar al instituto. Necesitaba el dinero para salir de fiesta. Siempre que podía trabajaba de repartidor de pizzas, de limpieza de ferias de muestra, de pintor de letreros en naves de polígono industrial o de Papa Noel en Navidad. Pero cuando no había más remedio, acababa trabajando en la obra. La odiaba. Odiaba el polvo. Odiaba el ruido. Odiaba madrugar. Pero seguía necesitando el dinero para salir.

Mi padre, después de varios años dedicándose a las chapuzas se había asociado a mi tío Álvaro para construir algunos edificios en el Prat. Siempre había algo que personas no cualificadas como Juanan y yo podíamos hacer. La mañana en la que el vecino había bajado a avisar a mi padre de que habían dos yonkis en el terrado, nos había asignado una de las tareas que nuestra categoría y experiencia permitía ejecutar sin problemas: arrancar el yeso del suelo que los yeseros tiraban a kilos al enyesar las paredes de los pisos. Nos tocó empezar por la última planta. Juanan escuchó las instrucciones mientras sujetaba el rascador, esperó a que mi padre se marchara, quitó el yeso de exactamente 2×1 metros de una de las habitaciones, cogió un placa de poliespán de exactamente 2×1 metros, la colocó en el espació recién limpiado y dijo, “Tete, tú te encargas, ¿no?”. Y se tumbó a dormir.


En el universo familiar la ropa de vestir se clasificaba en cuatro categorías. La primera de ellas, las más noble, era la de “la ropa de los eventos”. La segunda era “la ropa de diario”. La penúltima era “la ropa de estar por casa”. Y en la última posición, la peor de todas, “la ropa de trabajar”. Si la ropa era nueva y se había comprado en una tienda del centro se guardaba para los eventos, visitas a familiares o ir al médico. Mi madre se encargaba de guardarla y decidir cuando se debía usar. La ropa de vestir a diario solía comprarse en las paradas callejeras o en los mercadillos. Era la que usábamos para ir al colegio, salir con los amigos del barrio o ir a comprar al mercado. Cuando envejecían o pasaban de moda se convertían en la ropa de estar por casa. Cuando ya daba vergüenza que algún vecino o visita sorpresa nos viera vestidos así, como actores de Mad Max en un mundo post-apocalíptico, pasaban a ser trapos, y algunas se salvaban para un último destino: “la ropa de trabajo” para ir con nuestro padre a la obra.

Aquella mañana, la del sábado limpiando yeso, hicimos una pausa a las 9 para desayunar. Fuimos, como cada sábado, al bar de la Carretera de la Marina a comer bocadillos del tamaño de una barra de medio kilo. Al volver a trabajar, sobre las 10, vimos que el sol comenzaba a asomar por encima de los edificios. Regresamos a nuestro piso a medio limpiar, Juanan cogió la placa de poliespán y subió para seguir durmiendo al sol. Yo quise seguir limpiando pero me entró el sueño del exceso del desayuno y decidí subir también y tumbarme a su lado.

Cuando mi padre salió al terrado con la pala, los compañeros y los cotillas detrás, vio que éramos nosotros los yonkis de los que hablaba el vecino. Se paró y no dijo nada. Nosotros nos despertamos con el ruido de las botas sobre los cascotes. Al abrir los ojos lo vimos ahí de pie, mirándonos fijamente. Los dos con nuestros abrigos roñosos, llenos de yeso, con los pantalones y las zapatillas llenos de agujeros, y una camiseta atada a la cabeza para que nos se nos llenara el pelo de polvo, que ya por entonces llevábamos largo. Tras un silencio tenso, señaló a Juanan y dijo “tú a partir de ahora te quedas pegado a mi“. Luego, señalándome a mi dijo “Tete, vete con tu primo Álvaro y no te muevas de su lado”.

A las 2 terminamos la jornada y nos fuimos, como cada final de jornada, al bar Boquerón a tomar una cerveza, él, y una cocacola, nosotros, acompañada de la tapa de boquerones en vinagre. Mi padre seguía sin decirnos nada. Volvimos en coche por la autovía, sin hablar. Cuando entró en casa cogió la ropa sucia que llevábamos en una bolsa de plástico y le dijo a mi madre: “Tira esto. A partir de ahora cómprales ropa para ir a la obra. Con esta parecen unos drogadictos”.


Yo dejé de trabajar con mi padre a los 23 años, cuando estaba preparando el proyecto final de carrera. Juanan encontró un trabajo como repartidor de tortillas hasta que entró de becario en un departamento de la universidad. Nunca más volvimos a usar ropa de trabajo.

Ahora, cuando tocamos en directo, sin importar el proyecto con el que colaboremos, siempre nos gusta vestir una ropa que solo usamos para los conciertos. En el armario guardamos la camisa de las grandes ocasiones; la de diario; la de estar por casa; y los chalecos y los sombreros de los directos. Porque es casi como trabajar, pero sin el polvo, sin el cemento, y sin tener que madrugar.

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