Sale el sol

Este texto es parte de un diario que empieza aquí. Si has llegado a él sin leer lo anterior, será como ver el episodio quinto de la cuarta temporada de Lost sin haber visto los episodios previos: se entenderá el capítulo, pero no la trama.


Miércoles 20 de mayo

Budapest

He tenido un sueño muy raro. Estaba en Berlín, con Koen, y tenía la misma sensación que tengo ahora de no hacer nada y estar perdiendo el tiempo, como si cada vez que estoy en Berlín el tiempo tuviera que tener mucha calidad, y solo pudieran haber momentos intensos para recordar. Y nos estábamos aburriendo. Pero Koen recibía un mensaje invitándole a una fiesta de en las que, para llegar, se tienen que seguir las señales en el suelo. En el camino me encontraba con Judith, y seguía caminando con ella cogidos de la mano. Ella me decía que no le había escrito desde la última vez y yo no recordaba cuando había sido ni era consciente que ella estuviera esperando un mensaje mío. Y seguíamos caminando y llegábamos a un sótano que tenía una escalera, y desaparecía Koen y luego Judith, y yo entraba en una habitación que era como la sala de masajes de Budapest, y me tenía que desnudar y usar solo una toalla, y no entendía nada, y aparecía de nuevo Judith, también vistiendo solo una toalla y me decía que siguiéramos. Me he despertado con angustia. Porque mientras todo eso iba ocurriendo, yo solo pensaba en escribir lo que iba sucediendo. Soñaba algo y al mismo tiempo soñaba que tenía que escribir lo que estaba viendo.

Me he dado cuenta que desde que he llegado escribo todo el rato.

Llueve

Al levantarme llovía y sobre las cimas de las montañas hay niebla. Hay humo de las chimeneas aleatorio en algunos prados. El plan de caminar queda descartado.

Me ducho y al salir hace algo de sol. Parece que ha dejado de llover. Puedo dar una vuelta por los prados de alrededor.

Me pongo las zapatilla y vuelve a llover. ¿Me quedo en la casa escribiendo y tocando la guitarra o conduzco hasta algún lugar? No he visto el faro de la Isla Pancha ni la playa de As Catedrais.

Sigue lloviendo

Sigue lloviendo ahí fuera. Llueve y al mismo tiempo sale el sol. El agua cae del tejado del pajar, que es lo que veo por la ventana sentado en la mesa. No me siento en la esquina del tío Lucho, sigue siendo raro.

Cuando me imaginé mis días aquí no contaba con la lluvia. Imaginé el mismo paisaje con luz. Sentado fuera con la guitarra o paseando por la antigua vía del tren hasta la central eléctrica. Atravesar los túneles, cruzar el río. Seguir el sendero paralelo a la carretera hasta Villaforman y parar en esa casa que tanto me gusta y la vieja escuela. Si hiciera buen tiempo me conformaría con sentarme fuera, o quedarme dentro mientras los rayos de luz entran por la ventana. Quizás deba coger el coche, visitar la isla y la playa, comer en Rinlo un arroz con bogavante y llegar hasta Foz.

Ribadeo

Aquí no llueve. Se repite la misma historia de ayer: salgo de la aldea, tomo la nacional, y pasado San Tirso ya no llueve. Sigo sin conocer nada de lo que me rodea, los pueblos en la rivera del río. Aquí y allá algunos puentes viejos de piedra, nuevos de cemento o colgantes de madera podrida y cables metálicos. Debería parar el alguno de estos lugares, pero me gusta conducir y escuchar Radionacionaldeespañaradiouno.

En la Plaza de Abastos de Ribadeo han montado el mercado de los miércoles. Pequeño, algunas paradas de fruta, de embutidos, de plantas y de ropa de mercadillo. Alguien toca el acordeón en una esquina. Un chico que parece rumano pide monedas con unos paquetes de clínex en la mano. El vendedor de la parada de flores le da unas margaritas y le dice que se acerque a las mujeres, les ponga una en la mano y les diga que le den algo para comer. Así de fácil. “Algo para comer”, insiste. Se gira hacia una de las mujeres que están comprando en la misma parada y le ofrece una. La mujer dice: “Ya estoy comprando, meo fillo”.

Silbidos

Tengo sueño. Me tomo un café en la misma plaza del mercado. Un señor mayor, con chándal y una gorra con la marca de un fabricante de piensos silba hacia la barra imitando sonidos de pájaro. IRRITANTE. La señora que está sirviendo lo ve y dice “Ay, papa, que no te había visto”. En la tele gigante de la esquina se habla de la campaña, bien alto. IRRITANTE. Sigo teniendo sueño.

Fotografías de blanco y negro

En el restaurante Porto de Rinlo cuelgan varias imágenes en blanco y negro de Rinlo: pescadores, personas bien vestidas, casas, barcas de madera. Aquí están. Decenas de años atrás. Detenidas en el tiempo.

¿Cuantas de las fotos que se publican cada segundo en Internet, y cuantas de las miles que tomamos cada segundo con nuestros teléfonos móviles existirán de aquí a unos años en la pared de algún restaurante o de alguna casa?

Imaginemos por un momento que Mark Zuckerberg se levanta con un día tonto y ha soñado algo raro sobre sus amigos Koen y Judith paseando por Berlín y se da cuenta que mientras soñaba lo único que pensaba era en ir a publicar lo que estaba pasando en Facebook, ese invento suyo de pajillero resentido con la ex, y cae en la cuenta, por primera vez, que Facebook es una puta mierda. Y piensa “¡Dios que he hecho! ¡He inventado el postureo!” y baja corriendo en pijama al sótano donde guarda el PC con un procesador 486 y 64 M de memoria RAM, que es el servidor donde está ejecutándose la página de Facebook, y decide darle al botón de OFF y gritar “¡A la puta mierda, se acabó esta basura!”.

¿Qué pasaría? ¿Eh, dime, qué pasaría si Mark le diera al OFF? Al escribir http://facebook.com en el navegador aparecería una página con este texto:

Se acabó. Como no pagabais nada por usar esto, puedo hacer lo que me salga de los cojones, que el PC es mío, y si os hubierais molestado en leer el contrato que firmasteis al daros de alta, en lugar de pulsar “Acepto” como un yonki con mono, hubierais visto que en el punto 8.3.4.1, parte A, párrafo 3 pone claramente que si un día me levanto cruzado porque he tenido un sueño de mierda donde acabo en un balneario de Budapest con un tipo gordo con bigote haciéndome un masaje en una sala que parece el plató de esa escena de “Saw” donde el tío encadenado a una tubería tiene una sierra y la opción de a) cortar las esposas o b) cortarse el pie, y no le queda mucho tiempo, así que imagina que es lo más rápido que se puede cortar.

Si llegaba a soñar algo así, decía el punto 8.3.4.1, parte A, párrafo 3 del contrato que no has leído porque nunca lees nada cuando te das de alta a cualquier cosa que sea gratis, ponía claramente que me guardo el derecho a bajar al sótano de casa de mis padres, donde aún vivo porque no sé si lo sabes, pero monté esto del Facebook por joder a mi ex, que me había dejado, y aún sigo rabioso y sin novia, y para vivir solo como un guarro mejor me quedo en casa de mis padres que me lavan la ropa y me hacen la cama. Me guardaba el derecho, insisto, a bajar al sótano y apagar el PC.

Sí, eso ponía, así que os vais todos a la puta mierda y si queréis seguir inventando una vida, os metéis en eso que nadie sabe todavía para que sirve y que se llama “Google Plus”.

Ala, que os den.

Mark.

PD – A mi ex: hija de puta resentida, nunca aceptaste mi invitación de amistad.

Pues si esto pasara todas las fotos y vídeos dejarían de existir. Porque nadie tiene ni una triste copia en ningún lugar seguro. Siguen en la cámara o en el ordenador. No estarán nunca en una pared de un restaurante. Y la industria del palo selfie se hundiría, como se hundió en su momento el fabricante de los CD-I, ese invento que aún hoy se pregunta Philips como es que no funcionó.

Arroz con Bogavante

Como pulpo porque el arroz con bogavante, la especialidad de la casa, se tiene que encargar y es para dos.

Pipi Calzaslargas

No me paro en Foz. Hay sol y por la nacional desde Rinlo he cruzado pueblos con Concellos y plazas en la misma nacional, como si la carretera fuera la calle más importante del núcleo urbano, y casas de Pipi Calzaslargas. Decido conducir por la montaña de retorno a casa y perderme por los caminos donde solo cabe un coche.

Lourenzá

Llegó a Lourenzá y me quedo un rato al lado del río observando un puente de piedra viejo y una casa en la que parece que no vive nadie desde hace mucho. De nuevo esa sensación de tiempo detenido. En la parte de atrás la hierba ha invadido lo que hace años debió ser un jardín. Edificios nuevos alrededor y una fábrica cercana. Más lejos, en lo alto, un puente con la autovía. El tiempo se ha detenido, sí, pero en algunas esquinas del valle sigue la modernidad.

Tomo una cocacola en el la cafetería “Cantón” (todas las cafeterías de todas las poblaciones se llaman “Cantón“) al lado del Monasterio Beneditino de San Salvador. De nuevo la tele está puesta, esta vez con un documental de hienas y guepardos. Me pregunto como hacen para tomar estas imágenes tan de cerca y tan nítidas sin que los bichos se den cuenta de la presencia humana. Y cuantos meses debe hacer falta para grabar uno de estos documentales que nadie termina de ver por completo porque se han quedado dormidos en el sofá a los cinco minutos de emisión.

Sigue habiendo sol ahí fuera. Quiero llegar a casa y ver si por fin puedo sentarme fuera y quedarme quieto mirando la nada.

Trabada

En Trabada está nublado y hace frío. Aún así me paro a tomar un café y mirar un poco. Se oyen pájaros y un perro a lo lejos. De vez en cuando un coche que pasa y una puerta que se cierra. En el bar una pareja: él chileno y ella gallega. Hay un perro negro con las orejas canosas que juega con una piedra. Se mezclan edificios de pisos de 2 o 3 alturas con casas de piedra y el verde entre los edificios que lo devora todo. Con tanta lluvia no queda otra. Las mesas del bar, en la terraza, son de Mahou, de plástico y de color rojo. No pegan con nada alrededor. Hay un campanario que asoma entre los tejados con una veleta. Empiezan a caer gotas.

Ostiaputanovaahaberformadepasarunratofueradelacasa.

Naraido

No llueve. Tampoco hay sol. Pero hay luz. Los rayos atraviesan las nubes y dan otra sensación. He sacado del pajar un banco de madera con estructura de hierro que he tenido que arrastrar, y lo he plantado en mitad de la explanada enfrente de la casa, que actúa como patio trasero, donde están el pajar y el cabozo y el tronco del árbol donde jugábamos de niños.

Sol

He editado y publicado la primera entrada de este diario, Andreas y Motxi en el huerto de Pamplona, del sábado. No sé si habrán más. Estoy contento. Sigo sentado aquí fuera, en este banco. A ratos el sol me da directo, porque hay huecos azules entre las nubes, y a ratos hay sombra. Pero se oyen los pájaros, y el sonido de algún avión que pasa, pero no se ve. Son casi las 8 y no llueve

Mañana me voy a Santiago. Ahora iré a visitar a los tíos y a explicarles lo que he visto hoy y que Suso me cuente leyendas de cada lugar. Voy a ir andando, por el camino de abajo y pasaré junto a la casa que me gusta y a la vieja escuela.

Por fin puedo caminar.

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