Sicilia

Este texto es parte de un diario de Sicilia.


Sábado, 11 de junio, 2016

Campanas

Mi alarma debía de sonar primero a las 7:15 y después a las 7:20, pero cuando lo han hecho, las dos, yo ya estaba despierto. Me vuelve a suceder eso de “ser regular con la hora de ir al baño” y me pasa exactamente a las 7 de la mañana. Escucho las campanas de la hora en punto justo cuando me estoy despertando con dolor de barriga. Medio dormido aún siento un poco de miedo: ¿y si es el aviso de que algo está sucediendo en mi cabeza y pronto la tristeza y la melancolía van a golpearme y las piezas van a dejar de encajar?

Pero no, el invierno ya ha pasado, y, con la vibración de la hora en punto todavía resonando por los tejados del barrio, me he despertado del todo, he entrado al baño y ha terminado la preocupación. Luego ha sonado la primera alarma. Después la segunda.

A y media, peinado y con la cara lavada, he salido hacia la Estació de Nord con mi camisa elegante y mis all star. Comienza el viaje.

Título

No sé muy bien de que voy a escribir, si va a ser un viaje interior, exterior o de medio tiempo. Me siento un poco oxidado. Me conformo con que esta vez el título no sea “Un idiota en algún sitio“. Vamos a ver.

Voz en Off

Cafetería enfrente de la Estació del Nord. Paolo, Rita y Vanna no entienden porqué hemos llegado tan pronto: son las 8:15 y el avión sale a la 1. Valentina y yo queremos comenzar el viaje sin prisas. A mi el Aeropuerto de Girona me parece tan lejano como Madrid.

Al salir un sábado tan temprano de casa y caminar por la ciudad desierta, ya me siento en un lugar nuevo.

La Ronda Litoral no parece la Ronda Litoral. Al adormilarme en el autobús mi cabeza empieza a convertirse en una voz en off que dice: “La Ronda Litoral, paralela al Besós, desde la ventanilla parece una nudo de autopista de cualquier país asiático, y no el lugar que he cruzado un millón de veces y en el que vivo cada día“. Y luego, al cerrar los ojos, ya en posición de viaje, recuerdo imágenes del pasado: cuando solía ir a esperarla a la estación y luego, al marcharse de nuevo, persiguir con la motor al autobús mientras ella decía adiós con un movimiento de la mano y el tráfico de la Ronda la devoraba. La misma Ronda Litoral en la que yo me encuentro ahora.

Recordar es siempre parte de un viaje.

Olores

Me gusta el olor a papel y a tinta del kiosko, el olor químico de las revistas y el olor húmedo del papel. La perfumería del Duty Free tiene en promoción el olor del verano de esta temporada. Se llama “Summer“.

Espuma y niebla

Desde la ventanilla del avión, llegando a la isla, veo espuma blanca sobre el mar, que aparece y desaparece, pero no veo delfines ni ballenas, ni barcos que partan las olas. Hasta ahora no me había dado cuenta de que hay espuma más allá de la costa.

Erice está cubierta de niebla. O es una nube. O es la humedad. O quizás la atmósfera está llena de mierda.

Cenizas

El avión aterriza en el aeropuerto de Trapani y suenan en los altavoces unas trompetas, y la gente aplaude, y dan ovaciones, y se sueltan los cinturones y abren los compartimentos, mientras el avión aún circula por la pista, y empiezan a sonar los mensajes recibidos en el móvil y a realizar llamadas a gritos para informar que ya han llegado. Ojalá en este momento estallara el avión. Destrucción total. Que no quedaran ni los dientes para identificar los cadáveres. Solo cenizas.

Las mil y una noches

Al pisar tierra los chicos me cogen de la manita y me llevan a donde tenemos que ir. No importa donde sea. Yo les sigo, observo y hablo. Ese es el trato: yo les cuento una historia cada noche antes de dormir, y ellos no me abandonarán en cualquier carretera con una botella de agua. Soy su Sherezade particular.

Ferry

En el puerto de Trapani y en las calles de la parte vieja hay decadencia de muñeca de porcelana rota y actriz envejecida del Hollywood en blanco y negro.

Esperando dentro del coche de alquiler para subir al ferry que nos ha de llevar a Favignana, leo el periódico de esta mañana. Rita y Paolo, los hermanos sicilianos, hablan. Vanna, la romana, lee un libro sobre Favignana. Valentina, la napolitana, mira el Facebook.

Un señor con bigote y chaleco amarillo nos da indicaciones para arrancar y subir al barco. Hay un sonido metálico constante en toda la escena.

Nuestra épica coloca en el centro de sus preocupaciones un tema que parece inagotable: la capacidad de la ficción para interferir en el mundo.
Carlos Pardo, Babelia, 11/6/2016, pág. 7

Hay humedad en la superficio del ferry. Y viento. Siempre hay viento cuando se navega. Claro. Llevo sombrero, pero me vuelvo loco igual.

La espuma blanca se crea al golpear la ola sobre la superficie. Así de sencillo. Porque en el mar, lejos de la playa y de la costa, sigue habiendo oleaje. Ahora ya lo sé. No lo sabía antes. El viaje va a ser el de un idiota. Otra vez.

Favignana

Paseamos por el centro del pueblo. Calles de piedra. Casas bajas con puertas de madera marrón. Contraventanas. Paredes blancas.

Voy soltando palabras en italiano con el mismo acento malo con el que un italiano de turismo pregunta una dirección en Barcelona. Para sonar autóctono acabo todas las palabras en i.

Me siguen llevando de la manita, como a un niño pequeño de los que van dando saltitos alrededor de los padres haciendo payasadas y queriendo tocarlo todo.

Mujeres hermosas y hombres con poco pelo. Mocasines, bermudas y gerseys sobre los hombros. Pantalones cortos y forro polar. Calcetines altos y all star. Polos de marinero o de jugar a polo -por eso se deben llamar polos– con el cuello levantado. Un conjunto musical -no le vamos a llamar grupo– interpretando -no diremos tocando– tonadas italianas -no diremos canciones-, y en la mesa de la Trattoria Due Colonne una mesa de 12 dando palmas al ritmo de una canción napolitana. Hora del café, apenas un par de gotas casi sólidas en una tacita blanca presentado en un platillo con el centro descentrado. Vestidos de color rojo. Más polos de cuello alto.

Valió la pena

-Teníais razón. Hemos madrugado tanto que tengo la sensación de llevar una semana de viaje – dice Paolo antes de irse a dormir.

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