Un día después del Rey

Cada vez que alguno de los pocos que me preguntan pregunta si volví a saber de ella, respondo que no y me viene a la memoria la película “Dos tontos muy tontos”.

En “Dos tontos muy tontos” (“Dumb and Dumber” en su título original, que vendría a traducirse como “El Tonto y el Más Tonto“), el personaje interpretado por Jim Carrey (Lloyd), que es el Más Tonto –Dumber– del título, es conductor de limusinas y en un servicio hacia el aeropuerto se encapricha de la clienta, guapa y rica. Por una serie de estupideces que ahora no tienen importancia, acaban él y el otro tonto, Harry, interpretado por Jeff Daniels, recorriendo medio Estados Unidos para devolver un maletín a la chica, y de paso intentar conquistarla, algo que, como se deduce por el título, es imposible. En una escena en la que ya han encontrado a Mary, la chica rica y guapa, y después de múltiples destrozos y situaciones absurdas típicas de la comedia física, Lloyd decide declararse y mantiene este diálogo:

LLOYD: Quiero hacerte una pregunta directa, franca, y quiero que me des una respuesta sincera. ¿Cuántas posibilidades hay de que un tipo como tú y una chica como yo acaben juntos?

Ella lo mira con cierta ternura de persona bien educada, y responde despacito, para que el tonto la entienda bien:

MARY: Verás, Lloyd, es muy difícil decirlo. En realidad, no…

LLOYD, sin dejarle terminar: Dime la verdad. Dímela sin tapujos. He recorrido un largo camino para verte, Mary. Tienes que ser sincera conmigo. ¿Qué posibilidades hay?

MARY, mirándole con unos grandes ojos grises: No muchas.

LLOYD: ¿Te refieres, por ejemplo, a una posibilidad entre 100?

MARY, lentamente: Yo diría… una posibilidad entre un millón.

LLOYD, en silencio y estático al principio, pero poco a poco comenzando a sonreír: ¿Así que hay una posibilidad? – y saltando con los puños en alto -¡¡Sí!!

“Una posibilidad”, piensa LLoyd, “es una posibilidad, aunque sea entre un millón”. Una posibilidad, un 0,000001, pero una posibilidad al fin y al cabo.

Esta escena es la que me viene a la memoria cada vez que alguno pregunta y yo respondo que nunca más volví a saber de ella. Porque hay dos posibles motivos por los que nunca volví a verla.

El primero de los motivos es el bueno, el del acto heroico en el que la protagonista decide dejarle marchar, la típica película romántica en la que uno se aleja del otro, queriéndole, pero para no hacerle daño, se va. Y se va sufriendo, pero lo hace por el otro, porque sabe que él estará mejor sin ella, que descubre que por una vez tiene que ser ella la que pierda, aunque parezca lo contrario, para que él gane, aunque él no sepa que ha ganado y ella viva la pérdida con un dolor que no había conocido antes, porque no puede hacerlo mejor, porque no sabe hacerlo mejor, y él no sabrá que ha ganado, que siempre ha ganado y que ella pierde, que siempre ha perdido, y tendrá que esconder en algún pliegue de su piel la herida, dejar que cicatrice la rabia de no poder agarrarle la cara con las dos manos y gritar “lo hago por ti, ¿puedes verlo?”, pero no lo hará porque ya no está, porque dejó que subiera al tren de los aliados para abandonar la ciudad a punto de ser bombardeada por los alemanes. Y las palabras quemándole los labios, mientras, a lo lejos, ya se oye el estruendo de los aviones acercándose.

Este motivo, el bueno, tiene una posibilidad de 1 entre un millón, un 0,000001.

El otro motivo, el malo, el 999.999 entre un millón, un 0,999999, es que simplemente ella no se acordó de él. Que volvió a casa y dejó lo que les unía sobre el mueble del pasillo, junto a las llaves, con la mala suerte que lo empujó con más fuerza de la habitual, unos pocos milímetros más fuerte, y el amor y el deseo y los hilos invisibles y los sueños que no se pueden controlar y las ganas de salir corriendo y devorarlo con un cuchillo y un tenedor y pedirle que le abrace tan fuerte que se convierta en una mota de polvo flotando en la habitación, la de él, que es de ella cuando la coloniza, y que la lance sobre los restos del terremoto, o del naufragio, o del huracán, o de cualquier catástrofe natural que por mas aparatos que midan la atmósfera y las mareas y las direcciones del viento jamás nadie será capaz de predecir. Que todo eso acabó, lo que les unía, detrás del mueble del pasillo. En el olvido. Y ya no se acordó nunca más de su olor, ni de la manera como la miraba, ni del hambre, porque al salir de casa lo único que quedaba sobre el mueble eran las llaves de la puerta de salida.

Pero yo prefiero ser como Lloyd, el más tonto de los dos tontos de la película, y gritar que hay una posibilidad de que se fuera por el motivo bueno, ¡Sí¡, de que se fuera por mi, por mi bien, que me viera subir al tren escondida entre la gente de la estación mientras yo entraba con mi maleta en el vagón y la primera de las bombas, unos segundos más tarde, borrara el andén para siempre. Con ella viéndome marchar. Para que yo me salvara.

Y quiero creer que una posibilidad, por muy pequeña que sea, es una posibilidad al fin y al cabo porque los seres humanos estamos aquí por un insignificante error de probabilidad. Porque hace 100 millones de años, cuando los dinosaurios dominaban la tierra, la probabilidad de que nosotros llegáramos a existir era imposible. Pero un asteroide se había desviado un poco hacia la izquierda 13.500 millones de años antes, apenas unos milímetro, un fallo en el big bang, un error en el cálculo de la masa y el ajuste de la gravedad, algo improbable, imposible. Pero sucedió, y ese asteroide siguió girando sin acabar de encajar en ninguna órbita de ningún otro sistema hasta que, 13.400 millones de años después chocó contra la tierra y acabó con todo lo que se movía, y reseteó el planeta, y todo empezó de nuevo, un minúsculo cambio, pero necesario, para que nosotros estemos aquí 100 millones de años después. Esa imposible situación, una mínima, ínfima probabilidad, pero una posibilidad al fin y al cabo, hizo que ahora estemos aquí. Un error, una tontería, nos dio la vida.

Así que cuando alguno de los pocos que me preguntan pregunta si volví a saber de ella respondo que no y que sé que lo hizo por mi. Para que pudiera seguir viviendo.

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