La Nit de Sant Joan

Este texto es parte de un diario de viaje que empieza aquí.

Sábado 23 de junio del 2018

Me he despertado pasadas las nueve. Hoy me ha tocado compartir la habitación con Lucas. Sofia y Juan Pablo han dormido en el cuarto de la cama grande y Sonia en un colchón sobre el suelo del salón. Al levantarme Lucas sigue durmiendo y el resto está en la terraza de arriba practicando yoga.

Todos se van a dar una vuelta y yo me quedo solo en el piso desayunando. Sé que hoy no voy a poder escribir nada, se nos ha distorsionado la rutina de pareja y nos toca hacer de anfitriones. Todavía no ha empezado el día y ya estoy echando de menos las palabras que no voy a escribir.


Pasamos el día en la playa, en una cala a la que hemos llegado después de una larga caminata bordeando la colina y pasando por algunas urbanizaciones de casas con piscina y caminos privados. A las tres de la tarde caminamos de regreso bajo el sol y acompañados del sonido de las chicharras. Llegamos a Blanes por una parte que es nueva para mí, de calles estrechas y casas bajas. Al llegar a la Plaza de la Virgen María nos sentamos en la terraza del bar a tomar una cerveza.

Es extraña esta situación. Me estoy tomando un día de vacaciones dentro del trabajo que me he inventado dentro de las vacaciones. Me siento culpable por estar charlando con los chicos en la plaza, y no montando un vídeo, escribiendo o pensando cualquiera de las cosas en las que pienso cuando no hago nada. Porque mi no hacer nada es pensar en algo. Siempre.

Regresamos a casa y cada uno se tumba donde encuentra a dormir una siesta.


Salimos a cenar a un bar chino de tapas en el Carrer de la Muralla que combina en el menú las patatas bravas y los chocos con noodles, arroz frito y rollito de primavera.

En el paseo de la playa hay un escenario con una banda tocando versiones y algunas hogueras minúsculas con niños corriendo alrededor. Vamos esquivando petardos que la gente tira a nuestros pies o caen de los balcones. El ruido de las explosiones me desorientan y no entiendo como hoy, que está todo prohibido, todavía permiten lanzar bombas desde los edificios a la calle. El yoga de la mañana, la calma de la cala, el placer de la cerveza tras una larga caminata bajo el sol, la siesta compartida; todo se desvanece con cada estruendo que retumba en nuestros oídos.

Huimos a refugiarnos en casa.


Nadie se acordaba que hoy era la Nit de Sant Joan y nos ha pillado por sorpresa. Estamos cansados, agobiados por el ruido. Me siento como si el tren estuviera detenido entre dos estaciones y en el exterior no hubiera nada, tan solo algunos árboles oscuros. Cada uno se refugia en su cama, Sonia vuelve a quedarse en el colchón del comedor.

Lucas me pregunta si me molestan las luces que parpadean desde la pantalla de su portátil e ilumina a ráfagas la oscuridad de la habitación que compartimos. Está viendo «Wild Wild Country». Le digo que no. Me giro hacia la pared y cierro los ojos imaginando en los sonidos amortiguados que salen de los auriculares la voz de Sheela explicando al entrevistador la bondad de sus actos.

Me he puesto triste sin saber de donde viene la tristeza. Me devora la culpa de las palabras no escritas hoy.



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