Adrián Solano se ha hecho famoso en las últimas semanas por que ha visto la nieve por primera vez en su vida. Hasta aquí nada excepcional, siempre hay una primera vez para todo y no se habla en la prensa. La principal diferencia con el resto de los seres humanos es que él vio la nieve por primera vez al llegar al “Campeonato Mundial de Esquí Nórdico de Lahti”, en Finlandia, para competir en representación de su país: Venezuela.

Era nuestro primer sábado ocioso después de habernos mudado al piso de Casanova 72. Estábamos a la altura de un primero, aunque la numeración de la puerta del rellano se leía "Principal". Carlos de pie en el balcón de la derecha y yo en el de la izquierda. Enfrente la iglesia de un colegio religioso, a la derecha el cruce con Consell de Cent. Tanto Carlos como yo sosteníamos en una mano una taza y removíamos el café con una cucharilla.

Hace algún tiempo escribí un relato en el que explicaba que había conocido la soledad a través de un hombre que lloraba porque echaba de menos a sus hijos. Fue mientras estaba ingresado en la UCI por una conmoción cerebral tras romperme la nariz, y aquél otro paciente llorara desconsoladamente. Cuando me pude levantar y acercar a su cama supe que el llanto era la pena de no ver a sus hijos, porque teníamos que estar aislados. Yo tenía 12 años, y aquella tristeza me sobrecogió y nunca pude olvidar esa sensación de soledad que se me metió dentro. La historia que conté en aquel texto terminaba ahí, con el descubrimiento del significado de la soledad y con ese recuerdo todavía presente infinitos años después. Pero hubo algo más que en el relato no conté.

Este viaje necesita un final, un final sencillo, no necesariamente un gran final dramático que nos duela porque ha terminado y todavía nosotros no hemos entendido el mensaje del todo. No tiene que ser un final en el que aguantamos la respiración y nos sudan las manos mientras el personaje de Bill Murray alcanza al personaje de Scarlett Johansson y le susurra al oído "Tengo que irme, pero no voy a dejar que eso se interponga entre nosotros, ¿vale?" y ella responda "Vale". No, no es necesario un final así, un simple final es suficiente. Un hasta pronto, volveré a buscarte, aunque no sea al oído. Una imagen del avión despegando de Catania y algunos textos superpuestos con el nombre de los actores y los técnicos, con alguna canción italiana mezclándose con el ruido de los motores.

Al llegar nos encontramos la cocina-comedor repleta de actividad y a Mamá Maugeri preparando unos 20 platos diferentes. Cuando nos sentamos y nos sirven, yo quiero decir algo, pero ella me mira, levanta un dedo y dice: "!Chisss, calla! Mientras se come no se habla".