Chow Chen Gun-Fat

Mi nombre es Chow Chen Gun-Fat y soy chino. Nací en Hong Kong cuando aún era una colonia inglesa. Con apenas 25 años tuve que emigrar para que no me partieran las piernas alguno de los casinos a los que debía dinero por culpa de los putos caballos y las putas ruletas.

Mi primera parada fue Las Vegas, donde decidí llamarme John Chen. Es una ventaja que tenemos los chinos, nos podemos llamar como nos salga de los cojones. Allí duré más bien poco. Tuve que saltar una noche por la ventana de motel ‘Aladdin‘ mientras pateaban la puerta los matones que venían a cobrar mi apuesta. Esta vez fueron las putas cartas.

Mi siguiente parada fue México, donde decidí llamarme Juanito Chen. Allí aprendí a decir ‘chinga a tu madle cablón‘ y algunos tonterías similares en castellano. Fue cuando descubrí que hay una letra que se llama ele, que según ellos no se pronuncia como una ele, sino como una ele. Yo no le he sabido ver nunca la diferencia.

Allí duré algo más, pero no había mucho que sacar. Me perdí por Tijuana y merodeé algunas ciudades fronterizas más, pero había poco que rascar. Las apuestas eran bajas. Y allí cuando tenías deudas nadie venía a buscarte a casa golpeando la puerta. Simplemente te pegaban un tiro en la calle a la luz del día para que sirviera de ejemplo.

Como nunca me gustó ser una lección para nadie, acabé por largarme también de allí. Así que me fui a España. Según decían allí había mas plata, y la gente te pide por favor las cosas, y se puede escupir sin que nadie se enfade. En general todo el mundo es mas tonto. Se puede incluso tirar la basura al suelo y nadie se extraña. Como en casa.

Decidí quedarme en Barcelona y llamarme Joan Chen.


Salía del bar de un compatriota en la Meridiana, después de haber tirado mis últimos 60 euros en una puta máquina tragaperras ambientada en el viejo oeste americano, cuando vi aparecer por la calle a un tipo sonriente, más bien pequeño, con la cabeza gorda, con unas piernecitas cortas y con traje, corbata roja y zapatos de color caramelo. Un tipo feliz y sin problemas, perfecto para aplicarle el truco kármico-buen-rollo.

Le entré hablando en inglés y diciéndole que era Japonés. Es otra ventaja que tenemos los asiáticos, como los negros y los árabes. Para esta gente somos todos iguales. Además no uso pantalón negro de tela y camisa blanca, y llevo un corte de pelo estrafalario.

Le dije que me acababan de robar la cartera con el pasaporte, el dinero y las tarjetas y si me podía ayudar porque estaba desesperado, que estaba por trabajo y que iban a venir unos compañeros míos dos días más tarde.

Después de un rato de dar lástima el tipo me invitó a su casa. Me dijo que me podía duchar. Me dio un poco de miedo al principio. Pensé que quizás era un vicioso, que a esta gente le va mucho las cosas raras. Hay un lugar cerca del estadio de fútbol donde hay unas mujeres que parecen mujeres, pero que en realidad son hombres con tetas y celulitis, con voz ronca, barba y unas pollas grandes.

Una vez pasado el susto inicial entendí que, simplemente, se había compadecido de mi y que estaba a punto de caramelo. Así que aproveché para pedirle que me prestara algo de dinero para comer algo, y, de paso, que por favor me dejara pasar la noche en el sofá. Que cuando llegaran mis amigos se lo devolverían todo, y que, si él me hacía ese favor, el cielo se lo iba a devolver multiplicado por diez. Y, poniendo las palmas de la mano juntas, con los brazos en forma de triángulo, como rezando y agachando la cabeza, dije, muy serio: “porque todo lo que das vuelve multiplicado, y, como dijo Buda Gautama: Miles de velas se pueden encender con una sola vela, y la vida de la vela no se acortará. La felicidad nunca disminuye cuando se comparte“.

Se lo tragó sin rechistar. Sacó 30 euros de la cartera. Le dije que yo más bien necesitaba 150. Que eran 2 días los que tenía que sobrevivir: tenía que comer; y tenía que dormir. Quedarme en su casa, ahora que lo pensaba, me parecía un exceso, así que mejor un hotel, “¿no?“, de nuevo con las manos en formación de plegaria, y agachando la cabeza, insistí “que la vida en esta ciudad es muy cara, y, de como dijo Buda Gautama: Si debes hacer algo, hazlo de todo corazón“.

Me dio los 150. Cogí el papel con su teléfono y el nombre, Iñaki, me lo metí en el bolsillo al lado de los billetes, volví a hacer el gesto de “todo lo que das vuelve multiplicado” y me largué de allí lo más rápido que pude.

Mientras me tomaba mi copita de coñac con un rollito de primavera, y lo volvía a intentar con la puta maquinita de los vaqueros, pensé que me había equivocado no viniendo antes a este país donde se hacía más daño con Paolo Coelho que con una pistola.

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