Como agua para pesto trapanese

Este texto es parte de un diario de Sicilia.


No te estoy hablando de eso, Valentina. Es mucho más que la simplicidad de lo estético. Es ajeno a los cánones de la belleza establecidos. Es algo primigenio, básico, una atracción de la que no puedes escapar. La gravedad del objeto que cae desde la altura. Un instinto que está arraigado dentro de ti, como la sabiduría del ave que extiende las alas por primera vez y comienza a volar. Algo no aprendido, que se sabe y se activa cuando se tiene que activar. Como una alarma, como un parpadeo, como una respuesta automática, un reflejo muscular.

Papú te mirará, y será esa piel que nada tiene que ver con la piel que tú imaginaste, y serán esos arañazos en las mejillas, los surcos de la frente, las agujas de la barba. Será, sin más. Una necesidad que jamás antes hubieras imaginado poder necesitar. Hambre y sed desesperada. La del naufrago aferrado a un madero en el medio del mar. Porque de eso te hablo, Valentina: del deseo, de la supervicencia. EL DESEO. No un anuncio hermoso de una isla imposible en una hora inexistente tumbada en una arena blanca frente a un agua cristalina. No. Te hablo de esa atracción animal que es inherente a cualquier ser humano, sucia, maloliente, que supura, y supera cualquier capa de sociedad inducida por la educación, las modas o la cultuta. Real.

De pronto una noche sentirás una llamada, un hilo invisible que te arrastrará, atrapada una red transparente. Como un anzuelo clavado en la garganta. Como Mina caminando sonámbula a entregar la blancura de su cuello a los colmillos de Vlad, susurrando: “Toma mi sangre. Es tuya. Yo soy tuya. Bébeme“. Y todos nos despertaremos contigo, incómodos, y caminaremos contigo, igual de sonámbulos, igual de rendidos, porque nos sabemos igual de condenados. En ese ahora. En los siguientes breves minutos. Ya. Una descarga eléctrica que tensa los nervios y devuelve el latido a un corazón robado en un Frankstein de pedazos de otras vidas. El silencio de las calles mientras Enola Gay deja caer Little Boy sobre Hiroshima.

Porque será como una bomba de destrucción masiva. Como aquella primera bomba en la que nos sentimos dioses, mejores que la propia naturaleza, capaces de controlar fuerzas incontrolables. Superiores. Gritaremos al que tengamos más cerca que algo está por suceder y nos cogeremos fuerte de la mano. Las aves migratorias dejarán de volar desorientadas. El eje de la tierra se habrá desviado apenas unos milímetros, unas micras, una medida que solo se aprecia bajo el microscopio. Todos los niños echarán a llorar, los que duermen abrirán los ojos asustados. Se erizarán los cabellos de los que están despiertos. Los perros aullarán desesperados, y los gatos salvajes, los que nunca aprendieron a maullar, comenzarán a lanzar bufidos, y correrán dando vueltas sobre ellos mismos. Y se desafinarán los instrumentos y los metales dejarán de vibrar.

Así será, Valentina, en un instante: la conclusión de esa mirada de Papú que ha comenzado en este segundo, en esta fracción de presente, en este ahora, y del que tú intentas escapar, y que no es más que una inútil huída de lo inevitable. Cuando suceda, cuando la humanidad entera se estremezca, sin saber porqué pero entendiendo. Porque está dentro de cada uno de nosotros, una conexión primitiva, dormido en el ADN originario. Lo tenemos todos, como lo está ahora dentro de ti, a punto de desbocarse, y como lo está en Papú. Fuerza primigenia. EL DESEO.

Te dejarás llevar, como se dejó llevar la gacela después de huir entre los pastizales de la sabana y acabar entre los colmillos del león. Te rendirás como se rindió ella al saberse presa, y, mientras el cazador le arranca el corazón con las garras, escuchará los rugidos de un idioma que no comprende, pero que entenderá, y que le dirán que está bien, que tiene que ser así, que es su naturaleza, el ciclo de la vida. Cazador y presa. Ella, tú, Valentina, la gacela desgarrada por Papú, el león, cazador, devorándote. Y cerrarás los ojos y te fundirás con el calor seco del cercano Sáhara, para volver a ser polvo y arena.

A cada costa llegará un tsunami, todos los volcanes erupcionarán, la tierra se abrirá resquebrajada en un millón de cicatrices, y escupirán ríos de lava. Los peces saltarán a la arena en un suicidio colectivo. Los poblados enloquecidos en hordas saldrán con antorchas encendidas a quemar todos sus santos. Rezarán los viejos en un idioma ya olvidado y voltearán los ojos los poseidos. Convulsionarán los elegidos y los albinos dejarán de ser sagrados.

Y tú, Valentina, mientras tanto, te estarás estremeciendo entre el cuero de sus brazos, los de Papú, con la sed insaciable del desesperado por vivir, del recién nacido que amamanta de la madre por primera vez tras sufrir el mundo fuera del líquido amniótico. Desprotegida por fin, pero sabiéndote más segura que nunca, porque ese es el lugar en el que tienes que estar. Que ese es el lugar: el cuerpo de Papú.

Y cuando todo termine, Valentina, los pájaros volverán a volar, la tierra cerrará sus heridas, la lava se volverá roca y el oleaje se calmará. Los peces regresarán a los ríos, los lobos dejarán de aullar y los gatos volverán a su egoísmo quieto. Los pueblos despertarán del sueño del poseído y caminarán hacia sus casas sin atreverse a mirar a los ojos de sus vecinos. Todos querrán olvidar, y olvidarán. Pero tú, Valentina, tú no. Tú habrás renacido en crisálida conociendo el deseo. Plena. Completa.

Y entonces volverás al mismo restaurante, te sentarás en la misma mesa, llamarás al camarero, y cuando Papú te pregunte que deseas contestarás:

-Busiati alla pesto trapanese

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