Dentro de unos años

Él le dijo a ella:

Dentro de unos años, cuando ya seas abuela y estés sentada en tu cómodo sofá en forma de L, frente a una televisión del tamaño de una pared, oyendo a tus nietos correteando por el pasillo y tu marido hablándote desde el balcón, sentirás, de pronto, un pequeño escalofrío en el cuello y un nudo en la garganta, una tristeza gris en tus ojos oxidados.
Con los dedos temblorosos cambiarás uno a uno los canales sin encontrar nada que te calme la pena, apoderado de esa extraña angustia. Asfixiada. Apagarás el televisor harta del ruido y añorando el silencio, te molestarán las voces y los pasos, los sonidos del hogar. Tirarás el mando a un lado del sofá.
Mirarás alrededor y todo estará bien. Estarás exactamente en el lugar que querías estar y con las personas que querías tener. Será tu vida soñada. Cada detalle en su lugar, cada paso dado directo hacia el futuro que querías construir. Cada elección tomada sin error. Y empezarás a llorar.
Alguien te preguntará que te pasa, y tú no sabrás qué decir. “No lo sé”, responderás.
Darás vueltas por el comedor, golpeándote con los muebles, como uno de esos coches locos que dan vueltas al azar, sin dirección determinada. Te tumbarás. Y después de unas horas el mismo velo gris y la misma pena agarrotando el corazón. Asustada llamarás a tus hijos y ellos de la mano te llevarán al médico. Temiendo lo peor.
Te harán una analítica, te medirán las constantes vitales, el número de pulsaciones, la presión de la sangre, la cantidad de glóbulos blancos y la cantidad de glóbulos rojos, el calor de tu frente. “Todo está bien”, dirá el doctor. Y volverás a casa. Y allí seguirá la pena. Esperándote.
Y por la noche, justo entre la vigilia y el sueño, lo sabrás. Te verás a ti misma a punto de tomar esta decisión que tienes que tomar ahora. Te verás parada en el camino, en uno de los múltiples desvíos que podías haber tomado y que no tomaste y que te hubieran alejado del futuro que soñabas tener, que habías construido en tu cabeza, que te habían construido en la cabeza. Estarás en la encrucijada, donde elegiste un camino, el que tenías que elegir, el que te llevaba a territorio marcado.
Porque todos los caminos que dejaste atrás te persiguen como fantasmas, sueños no soñados, cadáveres de lo que pudo ser y no fue. Y sentirás que las vidas que no viviste fueron las vidas que debiste vivir.
Y te preguntarás, ¿qué hubiera pasado si me hubiera arriesgado? ¿qué hubiera pasado si en vez de darle tantas vueltas simplemente me hubiera dejado llevar por el momento?
¿Qué hubiera pasado si en lugar de jugar al rojo hubiera elegido negro?
Así que por la vida que tienes que vivir, por tu hogar, por tus hijos, por los hijos de tus hijos, por los hijos de los hijos de tus hijos, para evitar esa lágrima sentado en el sofá y sentirte culpable por no sentirte feliz cuando lo tienes todo para serlo, haz lo quieres hacer y no lo que debes hacer.
Olvida lo que tiene que venir, y quédate conmigo.

Y ella lo miró, sin cambiar la expresión de la cara, con el mismo semblante plano del principio, con el cigarro entre los dedos. Hizo un leve movimiento de las piernas sentada en el taburete de la barra, cogió la copa, dio un sorbo y dijo:

Dentro de unos años, cuando estés en tu sofá, en una televisión de las de antes, en un sofá comido de chinches y con migas de pan duras como el cemento, y sientas como no puedes evitar que tu propia mierda salga sin control y manche los pañales que llevas puestos, tendrás que avisar a la asistenta que cuida de ti para que, con asco, te cambie.
Y recordarás todos y cada uno de los minutos que pasaste sentado en el lavabo, cuando ya estaba todo hecho, leyendo el diario, o las etiquetas del bote de champú. Con el culo al aire. Apretando por apretar. En una posición antinatural. Minutos y más minutos. Días enteros.
Y te arrepentirás. Y ya será muy tarde. Y llorarás y aún le darás mas asco a los que te rodean. Una vejez sin dignidad. Una triste y solitaria vejez por leer botes de champú.
Así que recuerda: La vida es muy corta para perderla cagando por cagar.

Y apagó el cigarrillo. Y se levantó. Y se fue. Sin cambiar la expresión de la cara, con la misma falta de expresión del principio, con la misma indiferencia que se le da a un gusano, a una hormiga, al cajero del supermercado.

Y él supo que se había enamorado.

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