Dublín. Otra oportunidad

Este texto es parte de un diario de viaje que empieza aquí.


Viernes 12

Le di otra oportunidad a Dublín, y me dio sol a media altura, del que da en los ojos, el de la fría luz de invierno. Algo de aire gélido, pero no llovió hasta coger el autobús hacia el aeropuerto. Una lluvia cobarde, de despedida. En Grafton Street una banda de rock con una voz llorona hacia adentro dando un concierto y vendiendo discos como locos; un baterista al final de la calle, solo, dando por culo y nadie mirando; un colgado vestido de Mario Bros con un teclado interpretando sonidos de videojuegos arcade de 8 bits al azar y muy, MUY, molesto. Alrededor del parque Saint Stephen’s Green los puestecitos discretos de navidad. Flamencas vendiendo chocolate belga y alemanes vendiendo bratwrust . Algún coche customizado con nariz y cuernos de reno, y una señora mayor en un Volswagen Beetle con unas pestañas largas en los faros delanteros. Sigue habiendo gente en todos los lados moviéndose deprisa, pero la mezcla de arquitecturas ya no me parece tan insoportable. A las cuatro un pub con dos tíos en directo con acústica y banjo y mucha gente de todas las edades con Guiness de las que son como bizcochos y dando saltitos y gritos con jerseys de lana con motivos navideños, algunos con luces parpadeando.

Está bien, Dublín, está bien, te perdono lo del viento.

¿Tú también, hijo mío?

El té negro es de color naranja.

Por unos segundos, y sin darme cuenta, mis manos frías al sentir el calor de la taza, la han rodeado, sin darme cuenta, en serio, y la han cogido. Como salía mucho calor he acercado, de una forma inconsciente, mi cara. Y he soplado. Por apenas unos segundos lo he hecho.

Sí, a todos nos puede pasar algún día.

Boina

Que las rastas, los pantalones anchos con zapatillas de hip-hop, y los dibujitos de colores básicos rojo-verde-amarillo en la ropa negra y exclamar “ohhh” y señalar hacia arriba cuando suena Bob Marley, como si el hilo musical fuera un dj que está dentro del altavoz y te guiñara un ojo, te sonriera y te señalara con un dedo diciendo “sí, esta es para ti, nena”, ya no mola, y es medio poligonero, como la ropa Desigual apretada. Os lo digo a los dos, sí, a vosotros dos catalanes de la mesa de enfrente que os he saludado en castellano y habéis contestado en un inglés malo y no me habéis ni mirado, que eso de la riñonera hippie y el pelo trasquilado por delante, como un accidente pero hecho adrede, y el pendiente de ella en la nariz, es la nueva boina, es el nuevo pantalón a media cintura atado con un cordel, es el último botón abrochado de la camisa blanca transparentado la camiseta imperio por debajo, es apoyarse en el bastón sentado en el banco de la plaza y mirar raro a los que son de fuera del pueblo. Solo os lo digo, para que reflexionéis un poco. De buen rollo, eh, sobre todo de buen rollo. Namasté.

Guantes

¿Estarán los guantes perdidos paseando por las mismas calles de la ciudad de los calcetines desparejados?”, me pregunto al bajarme del autobús que me ha traído de vuelta a Dublín, y darme cuenta que he perdido uno mis guantes verdes de alpaca.

He sentido un dolor como de latigazo, como de esos de cuando te aprietan con los dedos los laterales de la rodilla, como ese pinchazo que produce un tirón de patillas hacia arriba. Uno de los dos guantes de Perú. Viejo, sucio, pero era mi bolso de Indiana Jones, mi complemento necesario, mi habitación segura, mi hogar, mi sudadera, mi gorro, mis guantes. Mi casa.

Pero los guantes perdidos no son felices como los calcetines desparejados. Son nuestros compañeros y sienten lo mismo que sienten nuestras manos, señalan el camino, acarician tu cara igual que la acaricio yo. Los calcetines son felices de perderse y dejar de ser pisoteados. Huyen. Pero los guantes perdidos no, buscan desesperadamente volver a una mano. Se sienten solos.

A largo del día, caminando por las calles me he encontrado cuatro guantes perdidos, como esperándome, como diciendo “¡yo!¡yo!, elígeme a mi, ¡yo!¡yo!¡aquí!”. Uno de lana de colores, otro sin dedos oscuro, uno de esquiador con colores técnicos y otro de thinsulate gris. Encima de un muro, en el suelo, en una esquina, encima de un banco. Cuatro pares sueltos y perdidos pidiendo a gritos sustituir a mi guante verde. Pero no es tan fácil olvidar. Teníamos una historia. Pero no es tan fácil, no es tan fácil dejar atrás, aunque sepa que jamás vaya a regresar mi guante de alpaca. No es tan fácil.

Dejadme, desparejados, dejadme creer por unos días que va a volver.

Ciudades

Está bien Dublin, no eres una mujer a la que observaré desde lejos hasta que desaparecezca, incluso levantándome un poco para verla girar por la esquina y desvanecerse, alguien a quien miraré a los ojos durante horas con cara de tonto y media sonrisa boba y suspirando de vez en cuando, con la mano apoyada en la mejilla y ella preguntando “¿qué piensas?”, y yo diciendo “nada”, con la misma sonrisa de bobo, y ella insistirá, “tú siempre piensas algo, no sabes no hacerlo”, y yo diré, “pensaba que hay personas con las que te quieres acostar, y otras con las que te quieres levantar, y no siempre son la misma persona”, “¿y qué quieres decir?”, preguntará desconcertada, y yo diré, “que está París, donde imagino un desayuno en la cama en albornoz, y está Berlín, donde veo ventanas encendidas y chicas con gorros y guantes en bicicleta, y calles oscuras, y el sonido de las ruedas en los adoquines, y el número de la puerta iluminado, y solo quiero estar ahí dentro, donde las ventanas encendidas a media luz, y abrazarme a todas ellas”. Y ella pestañeará, se quedará en silencio, con la taza de café en el aire, y luego preguntará “¿y que tiene eso que ver con Dublín?”, “Nada”, contestaré, “pero Dublín no, no hay albornoz ni ventanas encendidas por las que me quiera colar. Pero me sentaría con ella y tendría una conversación sobre ciudades”. Y serguiré sonriendo con la misma cara de bobo y la mano en la mejilla.

Así de raro es Dublín.

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