Fotografías

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A la edad de 10 años, cuando cursaba quinto de EGB, mi madre decidió apuntarnos a mi hermana y a mi a alguna actividad extra-escolar. A ella la apuntó a gimnasia rítmica y a mi a fútbol. Juanan era demasiado pequeño para hacer algo más que molestar, así que se libró del sufrimiento.

Cuando nos dieron el equipamiento mi madre me llevó al estudio fotográfico del barrio para hacerme una sesión de fotos vestido con mi camiseta blanca, mis pantalones azules, las medias blancas y las zapatillas de imitación que usaba habitualmente. Una de las fotos, en la que salía yo con un fondo de cartulina verde, con mi equipamiento y con el pie derecho sobre un balón, fue la elegida por mi madre para ponerla en un marco y dejarla a la vista de todos en el comedor. El Alejandrito futbolista.

Desde el primer entrenamiento quedó clara mi incapacidad para poder correr con el balón, pasarlo a un compañero o simplemente darle una patada a la pelota con algún tipo de sentido. Durante todo el campeonato entre colegios del mismo curso de la zona, solo me sacaron a jugar en tres partidos, y lo hicieron siempre al final para que mis padres estuvieran contentos y no me borraran y dejaran de pagar las cuotas mensuales.

En el último partido que jugué, metí un gol. Fue por accidente. Nadie se había dado cuenta que estaba adelantado, porque mi estrategia consistía en correr por el lado derecho del campo de arriba a abajo. Seguía a la pelota, sin llegar a tocarla nunca, detrás de mis compañeros. Ya al final, cansado como estaba, me quedé a descansar en el área contraría, y fue así como de rebote me llegó un balón. Al escuchar los gritos de los padres desperté y vi que el balón estaba parado delante mio. Agobiado por ser el centro de atención por unos segundos, le di una patada sin mirar a donde iba, con tal de que dejaran de mirarme, pero con tan mala suerte que la dirigí hacia la portería, con poca fuerza y baja. El portero, que estaba adelantado, no pudo pararla. El partido ya estaba ganado hacía rato, sino no me hubieran sacado, pero los compañeros me abrazaron y celebraron el que había sido, seguramente el gol más feo y torpe de todo el campeonato. Para hacerlo así de mal, mejor no haberlo metido.

Aquella experiencia me enseñó varias cosas: no me gustan los deportes, no me gusta competir, no me gusta jugar en equipo y, sobretodo, no me gusta que me aplaudan por algo que no sé hacer.

La fotografía del Alejandrito futbolista seguía adornando la casa de mis padres, así que cansado de recordarme mi fracaso, la escondí. No recuerdo dónde lo hice, pero sé que la saqué del marco y puse otra en su lugar, otra en la que yo no salía. Nadie se dio cuenta del cambio. Por fin pude dejar de ver la imagen de mi mismo haciendo algo que no se me daba bien y para la que era, claramente, un inepto.

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Al año siguiente, en sexto, con 11 años, el profesor José montó una biblioteca en clase y me puso a mi como responsable de los préstamos y el gestor de los libros. También montó una actividad extra-escolar donde mis amigo Sonia y Armando, y algunos más, nos dedicábamos a pintar murales y a hacer una adaptación infantil de “Rebelión en la granja”. Llegamos a escribir hasta una obra de teatro.

Sin duda todo aquello de los libros, la organización y la creatividad, me resultaba más interesante que la competición y el deporte, así que me convertí en uno más de los anónimos que pululaban por la escuela y que no destacaba en nada de lo que la gente consideraba popular: jugar bien a algún deporte, o ser el malo de la calle. Me gustaban los números y las letras, y en nuestro barrio de clase obrera eso no le interesaba a nadie. Mis padres se apuntaron al círculo de lectores y empezaron a entrar libros en casa y a desaparecer las pelotas y el equipamiento deportivo.

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Han pasado treinta años y siempre he evitado la competencia y la comparación, nunca trabajé en equipo, si podía elegir, elegía hacerlo solo, nunca me gustó ser el centro de atención de algo que no controlo. Me siguen gustando la letras. Viví en secreto con los números para poder, algún día, ligar con chicas.

Me gustaría encontrar aquella foto que escondí, y ver como era el niño de la foto. Mirarme a los ojos e intentar ver si ya por entonces sabía que iba a cambiar tan poco, que iba a ser tan cabezón. Ya no existe la habitación de mi infancia, ni los muebles, ni las carpetas, ni los marcos de las fotos, ni los libros en la que pude esconderla. Solo puedo mirarme ahora a los ojos en el espejo e intentar recordar si es la misma mirada que tenia cuando aún estaba por definir y era una estructura a medio construir.

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Una vez una chica de ojos verdes me dijo que le gustaban mis ojos, no por la forma o el color, sino por la forma que tenían de mirar al mundo, como un niño. Luego nos besamos. Supongo que alejarme de los números funcionó.

A pesar de que, como ella me contó, al atardecer todo se vuelve verde, y no hay que fiarse de unos ojos de ese color, yo quise creerle.

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