La coleccionista de olores

A Rita, en su décimo cumpleaños, cuando ya todos se habían marchado, se habían apagado las velas y no quedaban más regalos por abrir, su padre se sentó a su lado y, entregándole un bote de cristal cerrado con un corcho, le dijo:

-Esto es para ti. Aquí está el aire de la sala donde tu madre te dio a luz. Cuando tus pequeños pies aparecieron capturé olor de tu vida y lo guardé aquí dentro. Ahora es tuyo. Este es el olor del primer instante de tu vida.

Desde ese momento Rita, al igual que otros niños guardaban cromos, latas, chapas y caramelos, decidió coleccionar el olor de los momentos importantes de su vida y guardarlos en botes de cristal cerrados con un corcho.

De la primera cita guardó el espacio de un silencio incómodo. De su primer beso el olor de los dedos entre su pelo. De su primera vez el aroma a café de la mañana siguiente. Guardó amaneceres y anocheceres, tormentas de truenos y aires huracanados. Noches claras de luna llena y noches oscuras de tristeza. Días soleados, tardes grises.

En su baúl de los olores fue ordenando todos esos momentos, días y días, aromas y aromas de instantes congelados. Un devenir de años, de recuerdos, memoria de moléculas prisioneras en el espacio invisible del interior de un bote de cristal.

Conservó el olor de las vías del tren en el momento en el que él se marchó; el asfalto de su primera huida; las rosas cuando dijo no y el helado de limón de cuando dijo sí.

A sus dos hijos, al cumplir los diez años, les regaló en un bote de cristal cerrado con un corcho el olor de su nacimiento y les explicó que ella misma al tenerlos en sus brazos por primera vez había guardado aquel olor de vida. Les dijo que cuando quisieran recuperar alguno de los momentos que su madre había vivido, solo tendrían que abrir alguno de los botes de cristal cerrados con un corcho que guardaba en su baúl.

Y así, año tras año, fueron abriendo cada uno de los botes. Los amaneceres y los anocheceres; las tormentas de truenos y los vientos huracanados; las noches claras de luna llena y los días soleados; las vías del tren de cuando él se marchó; el asfalto de su primera huida; las rosas del no y el limón del sí.

Muchos años más tarde, cuando enferma y anciana descansaba en la cama de su habitación, llamó a todos sus hijos y nietos y les pidió que trajeran aquel primer bote que le había regalado su padre. Y justo antes de morir pudieron oler por, primera y última vez, el primer instante de su vida.

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