Soledad

La primera vez que conocí la soledad fue cuando tenía 12 años y me ingresaron en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Vall d’Hebron.

Todo había empezado al mediodía, después de comer en el comedor de la escuela. Estaba corriendo por el patio detrás de un balón junto a otros 100 niños, cuando me di un cabezazo con una niña que jugaba a baloncesto y me golpeé la nariz, que empezó a sangrar sin haber forma de pararlo. Me sentaron en el comedor, con dos algodones en la nariz, hasta el inicio de las clases de la tarde.

Al volver a casa tenía la nariz hinchada y los ojos morados y me dolía mucho la cabeza, así que mi madre, preocupada, me llevó corriendo a urgencias. Nos dejaron sentados un rato en la sala de espera y cuando me hicieron entrar comprobaron que tenía la nariz rota. Y que muy posiblemente sufría conmoción cerebral. Decidieron dejarme en observación por unos días.

Yo no acababa de entender lo que estaba pasado, pero cuando me vi tumbado en una camilla en un pasillo y luego me metieron en una cama en un lugar que eran cubículos separados por muros de ladrillo a cada lado y con una cortina enfrente como puerta, supe que algo raro estaba sucediendo. Me dijeron que sobre todo no me levantara y que si tenía que ir al baño, usara la cuña. “¿Donde está mi madre?”, pregunté, “Vendrá mañana”, contestaron.

La sala estaba oscura. Solo se veían las luces tenues del cuartito de la enfermera de guardia. Se escuchaban los sonidos de las máquinas, los beep-beep periódicos, y el llanto amargo de alguien en el cubículo de al lado. Estaba muy asustado. En ese momento, y por primera vez en mi vida, supe que estaba solo. La soledad. Nunca antes había tenido ese sentimiento, esa tristeza, algo completamente nuevo, como un sabor a pasa amarga, como el dolor de barriga que se sentía al perder un juguete preferido. La soledad que me envolvía era tan grande que lo ocupó todo y dejé de sentir ningún dolor en la nariz o en la cabeza. Solo sentía soledad, un nudo en la garganta y el llanto del cuarto de al lado que no se detenía.

Al día siguiente vinieron mis padres y hermanos a visitarme. Nos veíamos a través de una ventana que estaba a la derecha de mi cama. Me hablaban a través de unos altavoces en los que había que apretar un botón tipo walkie-talkie, y sus voces sonaban a robot. Por la tarde me dejaron levantar y usar el baño. Aproveché para acercarme al cubículo de donde provenían los llantos. Descubrí a un hombre tumbado en la cama y triste. Le pregunté qué le pasaba, si le dolía algo, y me dijo que no, que simplemente echaba de menos a sus hijos. Pasé toda la tarde con él, contándole mis historias, hablando sin parar. Él dejó de llorar y rió. Aquella noche no hubo lamentos.

El tercer día me dieron el alta, y al mediodía vino a recogerme mi madre. Al ir a despedirme del hombre, vi que no estaba en su cubículo. Me dio pena no poder decirle adiós. Cuando estábamos apunto de salir del hospital me lo encontré en el pasillo, sentado en una silla de ruedas, con su familia. “Estos son mis hijos”, me dijo abrazado a dos niños más pequeños que yo. “Este es mi amigo”, le dijo a su familia señalándome a mi. Yo saludé a todos y le di la mano antes de irme, “que te pongas bien pronto” fue mi despedida.

Mis tres días en la UCI, los únicos que he pasado ingresado en un hospital en toda mi vida, me enseñaron lo que era la soledad. La soledad no era lo que yo sentí cuando estaba tumbado en la cama a solas, sin saber con certeza dónde me encontraba y escuchando sonidos eléctricos y beep-beeps con un nudo en la garganta. La soledad que aprendí me la enseñó aquel padre del cubículo de al lado que lloraba porque no podía ver a sus hijos.

Todavía ahora, cuando recuerdo el llanto amargo de aquel hombre, me emociono y tengo que parar de escribir para no ser yo el que se eche a llorar, y no dejar que la soledad lo ocupe todo.

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