Vivo en el ático y dos de mis tres ventanas dan al terrado comunitario. Solo se permite su uso para tender la ropa. Aunque ahora los vecinos entran también a respirar. Veo a todos los que suben y bajan, que siempre son los mismos. Sin embargo esta tarde he visto colgando la ropa a una chica rubia con un moño a la que nunca había visto antes.

Creo que este espacio de tiempo que tenemos ahora es una oportunidad para empezar de nuevo, resetear las viejas manías y prejuicios. Reformatearnos. Como apagar y encender un ordenador para que vacíe la memoria de procesos perdidos y deje espacio para cosas nuevas.

Este texto no pertenece al diario de Blanes. Está escrito, como dice el título, siete meses después. Son las notas de mi “cuaderno de trabajo”. Después de reencontrarme con el texto, había decidido editarlo y publicarlo. Pero me sentía como un deportistas que ha engordado y necesita perder peso y entrenar antes de la competición. Qué mejor ejercicio que escribir sobre el ejercicio de escribir, pensé. Lo que viene a continuación es un monólogo algo desquiciado (y largo) sobre la búsqueda de un arranque, de un prólogo que precediera al diario.

Según el paquete que tengo en casa, uno estándar del ALDI de doble capa con 12 rollos, hay para 324 servicios. Es decir: 27 usos de un rollo. Pongamos que una persona usa el baño 2 veces al día para cagar y 4 para mear. Damos por hecho que cada 2 meos se gasta el equivalente de una cagada. Una persona sana puede gastar 4 unidades de servicio del papel higiénico al día. Un rollo de 27 usos da para 6 días, casi 7.

Hace cuatro días que tenemos que quedarnos todos en casa. Cuatro días que asustan por la enfermedad, por la economía, por la soledad en algunos casos y por la compañía forzada en otros. Todo está pasando ahí fuera, pero aquí dentro yo quiero ponerme el traje del solitario que se encierra en el pueblo.