Noticias de la Cuarentena #11: Una historia del Poble Sec

A Ciro, por las bicicleteadas

Después de comer he descansado unos minutos. Me gusta tumbarme y cerrar los ojos. Sueño despierto y me dejo llevar por algún relato. Imagino una situación: una señora de unos cincuenta años con el pelo blanco y vestida hippie, se fuma un porro en la terraza de su casa, llena de flores, y la hija, de unos veinte, lee un libro con los pies descalzos sobre la silla. Me imagino a un padre ya fallecido, artista, que se llevaba treinta o treinta y cinco años de diferencia con la madre. Esa terraza puede ser una de las casas que vi con Ciro en Poble Sec, en la ladera de Montjüic y yo, el personaje que cuenta la historia, el compañero de la facultad que va a esa casa por primera vez para hacer la tarea en equipo que les asignaron en una asignatura. En este momento, mientras descanso y me dejo llevar por las imágenes de la historia, todavía no he decidido qué estudian. No importa, de momento me interesan los olores de las flores que adornan la terraza, que ya no es una terraza sino el patio de entrada de la casa, con árboles, y un garaje a un costado techado con una parra, con un coche debajo cubierto por una funda marrón y llena de manchas del zumo de la uva, ya podrida, un coche viejo, antiguo, quizás un mercedes clásico con las ruedas desinfladas del abandono desde que murió el padre, que era artista, de cáncer de pulmón, ¿porqué no?, a los setenta años, cuando ella era solo una niña de diez. Y la madre con su pelo blanco sonríe al personaje que acaba de entrar por la reja, yo, ese personaje que describe la escena de entrada, y dice “permiso” al pasar la puerta, a lo argentino, que ha aprendido de las películas, porque es aficionado a Campanella, Borensztein, Szifrón, Darín, Brandoni, Oscar Martínez, un “permiso” antes de atravesar la reja y entrar a la terraza-jardín, donde la madre le sonríe y le saluda y la chica, la compañera de clase, le mira, cierra el libro y le dice “hola”.

Lo que viene después, y que sigo visualizando mientras tengo los ojos cerrados y sigo tumbado en la cama después de comer, es la relación que se establece entre ellos, de compañeros de estudio primero y de amistad después, el mundo de ella, pequeño burgués de la sociedad catalana bohemia y pija disfrazada de hippie, con valores éticos en defensa de la desigualdad de los países latinoamericanos, el feminismo que no se menciona porque actúan desde la igualdad, donde no hay ni hombres ni mujeres, solo personas, y él aprende a dormir cerca de ella en las salidas a la montaña, y conoce a sus amigos íntimos de la infancia, del colegio, hijos de empresarios de sagas familiares enraizadas en la historia catalana, con apellidos separados por una -i-, y a los que le gustaría odiar, porque él, yo, el personaje que narra, es de barrio obrero, de colegio con chándal de mercadillo y fines de semana en la playa de Castelldefels o en los merenderos de Les Planes, a él, yo, le gustaría poder odiarles, pero no puede, porque le encantan, los echa de menos en el silencio que dejan cuando se escapan los fines de semana a la casa de Cadaqués, Begur o Muntanyà, y los añora mientras regresa a su barrio después de pasar la tarde con todos ellos en casa de ella, con la madre de pelo blanco fumando marihuana y bebiendo vino como uno más de los amigos, todos llamándola por su nombre, no como los amigos del barrio, los de toda la vida, de los que nunca supo como se llamaban los padres, son simplemente “la madre de”, “el padre de”, y quisiera odiarlos, a los niños bien que son los amigos de la infancia de ella, pero no puede porque desea oír cómo les fue el fin de semana, siempre relatos con algún nombre conocido de la cultura catalana a los que mencionan por el nombre de pila y ella le tiene que ayudar con el apellido y dar alguna referencia para que él, yo, el narrador, pueda entender de quién hablan “el músico”, “el actor”, “el bailarín”, “el escritor”, “el intelectual”, sí, “el intelectual”, así de genérico, una categoría más, alguien que se dedica a opinar y a generar opinión, que vive del conocimiento, y él los escucha ensimismado, con una sonrisa de idiota, y ella le da un abrazo y le dice “eres tan mono”, y le da un beso en la mejilla y le aparta un mechón del flequillo que ya casi le cubre los ojos, mientras le dice “te queda bien el pelo así de largo”, para luego levantarse y caminar con los pies descalzos hacia el interior de la casa a buscar más vino o algo de queso, y él centra la mirada en el movimiento de las pulseras del tobillo y el sonar rítmico del tintineo del cascabel que cuelga de un mechón que le cae por la espalda, un tlin-tlin de cada paso descalzo, la ve entrar en la casa, casi flotando, sin saber muy bien si está despierto o soñando, como me sucede a mi ahora, mientras visualizo todas estas imágenes tumbado en mi cama, desconectando la cabeza por unos minutos, descansando la mente y dejándome llevar por el narrador, él que soy yo, mientras veo como él observa la espalda de ella que queda al descubierto entre la camiseta de tirantes y la ola de su pelo negro y liso y desaparece dentro de la casa.

Él no sabía cuánto los iba a añorar hasta que llegó julio y acabaron las clases, cuánto depende ahora de ellos, cómo siente la falta el aire cuando pasan uno, dos, tres días, una semana, y todos han abandonado el calor húmero de Barcelona para refugiarse en sus piscinas y jardines en las casas de verano, o desaparecen engullidos por un viaje de aventura a otro continente, lejos, muy lejos, y esa ausencia se convierte en física cuando ella le llama desde algún lugar que está a apenas a una hora en el espacio pero a años de distancia de él, él en su habitación de la infancia en el barrio obrero escuchando en el teléfono la risa de ella mientras le comparte alguna locura, y de fondo la madre del pelo blanco, seguramente bebiendo vino y con un cigarro encendido en la mano, viuda de ese hombre, un fotógrafo reconocido al que un par de veces al año le exponen alguna de sus colecciones en cualquier galería de arte, ella, la madre, le manda un saludo desde lejos, y él la imagina expulsando el humo del cigarro, y le devuelve el saludo a través de la hija, que le sigue contando mil y una aventuras y le dice que le echa de menos, y él le contesta que también, y ella le invita a visitarlas algún fin de semana, que podrían hacer una barbacoa y que seguro que alguno de los chicos se apuntaría también, y que por la noche podrían ir a la playa, incluso dormir allí y ver amanecer, y que sí, que tiene que “subir”, porque así hablan ellos “subir de Barcelona”, “bajar a Barcelona”, y él dice que sí, que claro, y pasan uno, dos, tres días, una semana, y él dedica las mañanas a trabajar con el padre y por la tardes a jugar al futbolín y a beber cerveza en el bar de al lado de la Ronda, con los amigos de siempre, y por la noche se acercan a tomar unas tapas por Horta, o van a Marina con el coche del padre de uno, que al día siguiente no recuerda dónde aparcó de la borrachera, y él va contando los días y espera la llamada, con el bañador nuevo reservado para estrenar cuando ella le diga que vaya, le diga la fecha, y la madre le pregunta porqué aún no ha usado la camiseta que le regaló para el cumpleaños y él dice que la guardada para cuando “suba”, sí “suba”, porque él ya habla como ellos, a pasar el fin de semana a casa de ella, y la madre, colgando los pantalones y las camisas en el armario de la habitación que él comparte con el hermano, tres años más pequeño, que está tumbado en la cama de al lado leyendo un cómic, la madre le pregunta ¿a casa de quién? y él le dice que a la de la compañera de clase, que ella ya la conoce, que es aquella con la que hizo una práctica, pero que nunca la han visto porque él, ahora se da cuenta, nunca la trajo al barrio, nada se le había perdido allí, y pasan uno, dos, tres días, una semana más y ella, por fin, le llama por sorpresa y él se emociona y no puede contener la alegría de oír su voz, y espera que le diga cuándo puede ir, pero ella no le llama para invitarle, no, le llama para contarle que va a “bajar a Barcelona” a recoger a un familiar o un amigo, no le queda claro, no sabe si ha escuchado mal o ella no lo ha dicho, alguien de otro país, de uno de esos en los que siempre hace frío y hay semanas o meses sin luz del sol, y ella al decir su nombre pronuncia en otra lengua, con consonantes y vocales nuevas que él imagina decoradas con rayas y puntos, sonidos imposibles, un nombre que olvida nada más ella termina de decirlo, y que, antes de “subir” con su familiar o amigo a la casa de verano, se quedarán a pasar un día en la casa del Poble Sec, en la ladera de Montjüic y que le gustaría muchísimo, sí, “muchísimo” dice, verlo, y salir los tres a cenar, ella, él y el hombre del frío con nombre impronunciable, que quiere que lo conozca porque le va a encantar, “te va a encantar” le dice, y él, yo, el narrador, se siente raro, es una conversación que nace de un lugar que no esperaba y le lleva a un destino que, no sabe muy bien por qué, le duele.

Y ya es viernes por la tarde, y han quedado a las ocho en casa de ella, para salir por Poble Sec a dejarse llevar por los bares, y él estrena su camiseta nueva y se ha peinado el flequillo que ahora sí le cuelga por debajo de los ojos, casi supera la nariz, ese pelo que le queda tan bien, como le dijo ella, y a las cinco sigue mirando el reloj y el tiempo no avanza, y mira a su hermano que sigue en la cama leyendo otro cómic y escucha a su madre en el comedor viendo el programa de la tarde y entra calor y corre un poco de brisa entre las ventanas abiertas del piso del barrio obrero, y huele a jabón de la ropa que cuelga en el balcón y entra el sonido de alguna canción rock que escucha un vecino que se mezcla con los gritos de la tertulia del programa de la tarde, decidiendo si le puso o no le puso los cuernos y si eran o no eran novios, y él, yo, el que cuenta esta historia, vuelve a mirar el reloj y siguen siendo las cinco y tiene un nudo en el estómago, uno que le aprieta más fuerte desde que ella le llamó y que ya estaba ahí mucho antes de que él quisiera reconocerlo, desde antes de que ella se marchara a pasar al verano a esa otra casa suya sin saber que no iba a volver a verla hasta hoy, y desde antes de conocer a todos esos amigos a los que tendría que odiar pero que no puede más que querer por su encanto, ya le dolía el estómago sin él todavía saberlo cuando abrió la puerta de la terraza-jardín-patio delantero de la casa con garaje a un costado y un mercedes abandonado debajo de una parra, cuando atravesó la puerta con un “permiso” argentino, desde ese momento, empezó a encogérsele el estómago, los intestinos, y a cerrársele la garganta, sin saberlo aunque ahora ya lo sabe y mira el reloj y siguen siendo las cinco y necesita salir para no volverse loco con la espera, y coge las llaves y la cartera y le dice a la madre que se va, y la madre le responde con un “adiós hijo mío, pásalo bien”, que se mezcla con los gritos de los tertulianos que dicen que ellos ya sabían que la engañaba y enseñan unas fotos robadas en un restaurante mientras se besan, y él, yo, el narrador, sale del piso y camina a tomar el metro tres estaciones más allá, y sale tres estaciones antes y sigue caminando y ya ha llegado al Poble Sec y todavía faltan dos horas para la hora acordada, y no sabe qué hacer y sigue caminando despacio hacia la calle de ella, tan despacio que se permite recordar el primer día que recorrió ese camino buscando la dirección de ella, y que no podía creerse que existieran esas casas con jardín detenidas en el tiempo, salidas de una época de tranvías y de luces de gas, un laberinto de pequeñas subidas y escaleras enmarañadas, con árboles asomando de los interiores de los muros altos y de las rejas, un barrio en silencio, de gatos que saltan hacia la oscuridad de los jardines, y él recuerda cada uno de los pasos que dio entonces, como pertenecientes a otra vida, y se va acercando a la casa de ella, sin saber qué hacer, si seguir dando vueltas por el barrio para hacer tiempo o llamar a su puerta y decirle que ha llegado antes, intentando disimular las ganas de verla, intentando que no se note cuantísimo la ha echado de menos, intentando no parecer tan emocionado, ansioso, nervioso, con sudor en las manos, y paso a paso llega a su muro, a apenas unos metros de la puerta, de aquella puerta del “permiso” del primer día, escucha su risa, la de ella, luminosa, que retumba en las calles vacías a poco más de las seis de la tarde de un viernes que es un viernes de otro mundo, como si en ese caminar le hubiera teletransportado a otro planeta donde todo está bien, donde cada pieza encaja en un gran mosaico que no se ve completo pero del que se confía, y esa risa es un imán, y él, yo, el que se deja llevar por esta historia mientras cierra los ojos al mediodía de una tarde de un día cualquiera, él se siente atrapado por esa risa y decide perder toda la dignidad que ha intentado acumular desde que ella le dijo que se vieran ese día y no le invitó a “subir” a la casa de verano, y el nudo del estómago se apretó con una fuerza que no le dejaba ni respirar, ni dormir, ni poder dejar de pensar en ella, en sus pies descalzos, en sus tobillos llenos de pulseras y en ese pedacito de piel que queda entre los límites de su pelo oscuro y la trampa de su camiseta de tirantes.

Y atrapado por su risa y ya sin ganas de inventar excusas para no llamar a la puerta, se acerca a la casa y se detiene justo al escuchar la voz de «el otro», del familiar o el amigo con nombre imposible, que también ríe pero en otra lengua, como si la risa variara con el idiomas, y él se queda congelado, sintiéndose invasor, consciente de que ha llegado cuando nadie le espera, y no sabe si dar media vuelta y hacer tiempo en otro lugar, pero no puede moverse porque sigue congelado en el eco de su risa, que él todavía escucha aunque ya no queden más ondas de sonido vibrando en sus oídos, y vuelve a retumbar otra risa de él y suenan unas palabras de ella, como un susurro, y todas esas ganas de volver a verla después de una, dos, tres semanas, un mes, le desbordan y le aprietan un poco más el nudo y el dolor se hace insoportable y tiene la necesidad de acercarse a la reja y mirar entre los barrotes para ver primero la espalda de él, desnuda y brillante, una pared que podría escalarse, con omóplatos, hombros y recovecos, todos marcados con un cincel, y un pelo rubio, y la inmensidad de un ser humano al que se escogería sin dudarlo para repoblar la tierra si se pudiera elegir a una sola persona, y el susurro de ella, que se oye pero no se ve, oculta tras la sombra de esa montaña que es él, el familiar o amigo originario de un país frío con pocas horas de luz, y él, el narrador, agazapado como un roedor, cada vez más pequeño, busca otro ángulo en el que seguir mirando desde su agujero, el agujero en el que va cayendo sin saber todavía que va en caída libre, un nuevo ángulo en el que por fin la puede ver a ella, a su pelo negro, a su risa, con una camiseta de tirantes de color blanco con un número 84 gigante de color rojo, de la talla de él, tan holgada que revelan la forma de su pecho, que le llega hasta la altura de las bragas y el resto piel, cascabeles y pulseras, y la ve ponerse de puntillas, pasar una mano por el cuello del ser humano que es montaña, que se agacha marcando en su espalda músculos que él no sabía ni que existían, y el amigo, que ya sabemos que no es familia, de nombre exótico como un sonido distorsionado, la besa y la levanta con una mano con la misma dulzura y fragilidad con la que se levanta un bebé de una cuna, ella tan pequeña y tan perfecta en su camiseta blanca con el número 84 y él tan perfecto y tan inmenso en su espalda desnuda, ella le abraza con las piernas y él le asía el culo con las garras de su mano, cubriéndolo por completo, manos egoístas, y se dan la vuelta entre besos y él, el narrador, yo, ve la forma perfecta en la que culminan sus piernas, el color dorado del verano, el músculo de las nalgas rebosadas de manos, en una braga negra que es una promesa y al mismo tiempo un imposible, y los ve planeando hacia la casa, hacia la misma casa en la que él la vio tantas veces desaparecer para buscar más vino o más queso, paso a paso, ella flotando sobre la montaña que representa él, y él como un bailarín gigante, con pies descalzos y pulseras en los tobillos, ella y él, una única entidad, y él, el narrador, con el nudo que ya no es nudo sino maraña, se va alejando centímetro a centímetro de la reja al mismo ritmo en el que ellos se van acercando centímetro a centímetro hacia la casa, y se le humedecen los ojos cuando entiende que su condena fue escrita en el mismo momento en el que el azar los asignó como compañeros para hacer una tarea compartida en una asignatura de una universidad de la que ya no importa qué carrera es, y mientras se aleja la calle se va borrando como si esas casas de Poble Sec, en la ladera de Montjüic, nunca hubieran existido.

Abro los ojos, llega el momento de levantarme de la cama. Tengo que continuar mis rutinas de la cuarentena después de tantos días sin volverme loco. Escucho una gaviota y el viento que da vueltas alrededor de la terraza. La imagen de la casa en la calle del Poble Sec, en la ladera del Montjüic, se va desvaneciendo mientras voy saliendo del soñar-despierto. Vuelvo a tener el control de mis pensamientos y el sueño desaparece, la realidad lo llena todo.

Solo espero que cualquier otro día que me tumbe por la tarde a descansar y cierre los ojos, él, el narrador, yo, vuelva a ver su pelo moreno, sus pies descalzos y a escuchar el sonido su risa rebotando por las casas de un barrio que solo existe en mis sueños.



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