Hormigas

Las hormigas habían impregnado con su olor un sendero en la cocina y, en un río constante de pequeñas figuras oscuras, lo seguían a ciegas. Caminaban hipnotizadas con la certeza que llegarían a algún destino, a una meta más allá de las bolsas, los cartones, las escobas, los trapos, los botes de cristal y la aspiradora amontados en la alacena.

El viaje empezaba en algún lugar del subsuelo debajo de los muebles de fórmica. Subían por detrás de las baldosas de color blanco-roto, y salían a la superficie blanco-sucio del mármol rayado. Eran discretas y circulaban en fila a paso rápido por la junta del mármol y la pared, hasta el barranco del espacio del horno. Bajaban entonces hasta la oscuridad y desaparecían por detrás del electrodoméstico, en las catacumbas de grasa acumulada y restos de basura que nunca nos atrevíamos a barrer, por el miedo a retirar el aparato de su sitio y encontrar lo que no queríamos encontrar. Finalmente reaparecían por un pequeño desconchón del último mueble y volvían a desaparecer, esta vez definitivamente, al llegar al espacio inútil de la alacena. Este era su devenir diario, y formaban parte de nuestra casa como la puerta que no cerraba, el cristal roto o el olor a chocolate y melindros.

No nos molestaban. Las hormigas, por alguna extraña razón territorial, mantenían alejadas a las cucarachas, que siempre asustaban a las chicas, y encima nos limpiaban los pequeños restos que dejábamos al cocinar. Pero todo cambió el día que desapareció el bote de miel.

Era habitual que desaparecieran las cosas. Los Cds, los libros y las revistas solían ser robadas por algún amigo con la excusa de “te lo devuelvo la semana que viene”, o simplemente ahora-está-ahora-no-está. Cuando faltaba algún jersey, pantalón, chaqueta o calzoncillo, solía aparecer de nuevo usado por Juanan, que respondía a la pregunta de “esto es mío, ¿no?” con un “¿ah sí? vale”. Pero la miel no. La miel no le interesaba a nadie. No eran las revistas porno que siempre desaparecían coincidiendo con la visita del Manolo, sobre todo las Barely legal. Era simplemente miel y no se la podía haber llevado nadie.

Supongo que alguna de nuestras pequeñas hormigas, no conformes con las miguitas y los granos de azúcar que se encontraban habitualmente en el mármol rayado blanco-sucio, quiso ir más allá y llevarse el gran premio. Debió percatarse en su devenir diario que esa cosa grande, no muy lejos de la ruta ,era algo que les cubriría la alimentación de todo el invierno. Debieron pasarse días planeando, comprobando que el bote seguía estado allí, desviando cada día un poco la ruta para ir haciendo un nuevo camino, ideando artilugios para moverlo, controlando nuestros hábitos de cocina para aprovechar nuestra ausencia y cometer el delito. Un día el bote simplemente desapareció.

Nos indignamos. La familia nos podía robar. Los amigos nos podían robar. Los amigos de los amigos nos podían robar. El Pons podía usar la grabadora de Cds y beberse nuestras cervezas. Pero las hormigas no nos podían robar. Eso no. Vivían en la casa y tenían que seguir las 3 reglas básicas: uno, lo que pasa dentro de la casa queda en el ámbito de la casa; dos, solo hay que limpiar lo que se ve; tres, solo los hermanos pequeños tienen derecho a comerse tu comida.

Acudimos a un experto para atajar el problema: el encargado de la droguería del pasillo que lleva a la plaza de los payeses al lado de la Boquería, entrando por Carrer del Carme. En su tienda, además de ser de las pocas en las que se podían comprar virutas de jabón, y pastillas para lavar la ropa a mano, también asesoraban sobre este “tipo de problemas”. Con su bata gris; con su bolígrafo en el bolsillo del pecho; con su voz de doblador de radio, profunda y clara; con su apenas metro sesenta; con su sabiduría de años de toda una vida en la droguería del pasillo que lleva a la plaza de los payeses al lado de la Boquería, entrando por Carrer del Carme, el encargado nos dio la siguiente explicación:

– Para “el problema” que ustedes me plantean existe la clásica solución de veneno de color verde que se aplica en el camino que recorren y que las mata rápidamente, pero que no las aniquila definitivamente. Al tiempo encuentran otro camino y “el problema” vuelve a aparecer. Pero si realmente quieren ustedes acabar con ellas, existe esta otra solución que es un veneno lento de color marrón que las hormigas confunde con alimento, lo recolectan y, se lo llevan al nido, acabando lentamente con todas ellas, y “el problema” desaparece. Esta es la que les recomiendo.

Absortos en sus explicaciones, y observando el paquete verde de una mano y el paquete marrón de la otra contestamos:

– Queremos acabar con todas ellas, así que denos la marrón.

Al llegar a casa hablamos con ellas y le dijimos que les dábamos hasta el día siguiente para que nos devolvieran la miel. Pero al despertarnos, el bote seguía sin aparecer. No quisieron escucharnos. A lo largo de la semana llenamos todo el sendero con trocitos del veneno desde las baldosas blancas-sucias hasta el barranco del horno y avisamos a Jorge que no se comiera las miguitas ni los restos que dejábamos después de cocinar, que podían estar envenenados. Tampoco quiso escucharnos.

A los pocos días desaparecieron para siempre y no volvimos a saber de ellas. Jorge no mostró ningún síntoma.

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