Radiactividad

Recordarla es como acercarse a una central nuclear clausurada después del desastre y que, tras varios años de trabajo con maquinaria especializada y operarios equipados con trajes aislantes, bajo estrictos controles de seguridad y protocolos aprobados por la comunidad científica internacional, hubieran logrado construir una cúpula de hormigón de cinco metros de grosor que cubriera toda la instalación para evitar la existencia de fugas en los siguientes mil años.

Pensar en Ella es abrir un pequeño agujero en ese muro de contención, de apenas un milímetro, imposible de detectar para el ojo humano, pero suficiente para que se escape una molécula de Ella y que todo el trabajo de todos estos años no haya servido para absolutamente nada. Muerte garantizada por envenenamiento, diarrea, nauseas, vómitos, quemaduras en la piel. Las flores marchitadas y las chapas oxidadas de los coches.

Ella con sus gafas gigantes, el bolso colgando de un brazo, las llaves y el teléfono en una mano, entrando en mi casa con su ropa negra o blanca o gris y con sus zapatillas siempre diferentes y pidiendo disculpas porque tiene mucha prisa y ya se tiene que marchar, siempre debiendo estar en otro lugar. Soltando con la mano libre los botones de la blusa y con el pelo infinito cortando el aire apestoso de los patios interiores del edificio. Ella y yo, diciéndonos adiós antes de decirnos hola.

Como dos protocolos de comunicación en dos continentes diferentes, Asia y Europa, imposible de entenderse, unos y ceros en diferentes combinaciones que no pueden encajar de ninguna manera. Pero encajamos porque no somos máquinas con un protocolo programado.

Nunca tuvimos que encontrarnos, pero nos encontramos.

Porque debajo de toda esa capa de sociedad y con la prisa del que solo ha gastado un cuarto de su vida pero piensa que le quedan apenas un par de días por vivir, solo queda la piel. Músculo y corazón, venas y sangre, aire y agua. Seres primitivos en taparrabos saltando de rama en rama atrapados en Madagascar. Dos primates comiéndose las pulgas el uno del otro sin profesión ni cargo escritos en una tarjeta de visita. Como si allá fuera no existieran edificios de cristal y de hierro y hoteles de cinco estrellas a los que entrar acompañados de Él, que no soy yo, de la mano, apenas un roce, como flotando en su certeza de centro del mundo, con la carga justa de dolor y de culpa. Solo la necesaria para justificar cada acto.

Porque en un mundo sin nosotros, sin ninguno de los siete mil millones de especímenes únicos que somos, en ese mundo vacío de humanos, las cucarachas, las que sobrevivirían a un alto índice de radiactividad, morirían de frío al no existir nadie que calentara los hogares. Y las ratas habrían muerto de inanición por no encontrar más basura que comer. Y los perros de las viejas habrían sido devorados por los lobos y los zorros y solamente los gatos se habrían adaptado y sobrevivido y seguirán arañando y buscando los mimos de cualquiera. Y el nombre del Él se habría esfumado como su cargo y su profesión escritos en una placa sucia y doblada en las ruinas de una civilización que desapareció, como nos habríamos esfumado todos nosotros, tú y yo. Y la pequeña molécula que se escapó de ese pequeño agujero abierto por un recuerdo de Ella se habrá llevado todo y no habrá dejado nada.

Nunca tuvimos que encontrarnos, pero nos encontramos, solo para poder escribir con su recuerdo.

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