Xuclà o la toma de decisiones correcta

Presenté el proyecto final de carrera un verano después de perder dos años trabajando en él. Pasé un par de horas explicando a los miembros del jurado algo que no entendían, supervisado por un director que ya me había avisado en la primera reunión que él, de eso que yo quería desarrollar, no tenía ni puta idea. Después de esas dos horas, a mis 24 años y tocando los 25, era por fin libre.

Al salir del edificio con mi formulario de entrega firmado y sellado y con todos los créditos de la carrera completado, respiré hondo con mis nuevos pulmones de hombre adulto. Un Yo en una versión actualizada. Sentía que por fin me crecía la barba y cómo mi voz cambiaba a un tono más grave.

Lo primero que hice al llegar mi cuarto sabiéndome «un licenciado» fue llamar a Carlos. En ese siglo que duró el desarrollo del “proyecto” habíamos pasado un tiempo juntos viviendo en Valencia. Había sido una primera muestra de la aplicación «Independencia 1.0». Un simulacro de libertad. Una trial «Vida Sin Padres» de 60 días de prueba. Al regresar a Barcelona a la misma habitación de nuestra infancia, no habíamos dejado de soñar ni por un segundo en tener nuestro piso propio y volver a vivir a nuestra manera.

Desde el teléfono de la habitación, con los papeles de la universidad todavía en la mano, llamé a Carlos y le dije que había llegado el momento de buscarnos una casa para nosotros.

Vivíamos uno en la Teixonera y el otro en el Carmelo. Cualquier barrio que no fueran esos dos nos parecía perfecto. Empezamos a rastrear las calles del centro de Barcelona buscando carteles de “SE ALQUILA” en los balcones y portales. En un mes habíamos encontrado diez pisos que nos gustaban y estaban disponibles. Entonces llegó el dilema: ¿cuál elegir?

Siendo ingenieros por estrenar se nos ocurrió que la mejor forma de tomar una decisión sería utilizando una tabla de EXCEL. En las filas colocaríamos los nombres con los que apodamos los pisos, y en las columnas las características: precio; contadores instalados; alta de suministros; ascensor sí/no; a reformar sí/no; barrio; terraza sí/no; luz exterior. En las celdas de cruce íbamos a escribir un número entre el 1 y el 5, siendo el 5 el mejor. Y en la última columna la suma de todos ellos. El piso con la mayor puntuación iba a ser el elegido.

Pasamos una hora meditando cada valor. Había que tener muy clara cada decisión. Estábamos a punto de comenzar una nueva vida, una vida sin que la cama se hiciera sola, sin que la ropa apareciera limpia y planchada en el cajón, sin que nadie recogiera los apuntes del escritorio y los guardara en su lugar, sin que nadie preguntara a las cinco de la mañana si era yo el que estaba entrando de puntillas en el piso. Íbamos a ser salvajes. Íbamos a convertirnos en seres mitológicos. Íbamos a ser pioneros y exploradores, descubridores de nuevos territorios vírgenes. Íbamos a ser sucios y desordenados. Íbamos a hacer historia. Íbamos a ser LA HISTORIA, así, en mayúsculas.

Aquel EXCEL, diseñado con los conocimientos adquiridos durante años y años de estudio, de nervios, de miedo, de estrés, de aburrimiento, de sueño, de quererlo todo y no poder hacer nada, de fórmulas y algoritmos en fotocopias de cuarta mano, ese fichero EXCEL y esos números nos iban a indicar, sin error posible, sin ningún tipo de duda, el mejor de los lugares donde podíamos vivir.

Iba a ser la tierra prometida. La nuestra y la de nuestros hermanos pequeños. La de nuestros amigos que nunca habían saboreado el placer de elegir los productos que añadir a un carro de la compra. La de nuestros amigos que no sabían que existían distintos tamaños de toallas, que no sabían que existía una sábana para abajo y otra distinta para arriba. Ellos que iban a comerse nuestros yogures caducados y ellos que iban a terminarse el papel higiénico sin reponerlo. Ellos que iban a dar explicaciones a la policía y que iban a cargar con los muebles encontrados en la calle. Ellos y nosotros, las toallas, los supermercados, las sábanas, las comisarías y el papel higiénico, todos, pero todos, dependíamos de la decisión que íbamos a tomar esa tarde. El piso elegido iba a ser DIOS y ese EXCEL su profeta.

Llegó el momento de comprobar la suma de los valores arrastrando el puntero del ratón por la pantalla hasta la cabecera de la columna para ordenar. A punto de pulsar el botón, Carlos y yo nos miramos. Se hizo un silencio. Pasó un minuto, puede que dos. Retiramos el dedo de ratón. Apagamos la pantalla.

-¿A ti cuál te ha gustado más?- pregunté.

Y los dos elegimos el mismo: el de la calle Xuclà. En el Raval, en una calle paralela a Les Rambles. Un piso de techos altos con vigas de madera, en un segundo piso de una callejuela de tres metros de ancho con el bar de tapas “Los Toreros” justo enfrente, con ruido hasta las cinco de la mañana de lunes a domingo, con un olor constante a chocolate quemado que entraba por el patio interior desde la «Granja Viader» en la planta baja. El suelo quebrado con un mosaico suelto y desfigurado, puertas que no encajaban con los marcos, grietas en las paredes, y ni un solo rayo de sol que entrara por ninguna de las ventanas.

Esa misma tarde confirmamos la reserva.

Desde entonces cuando no sé qué opción elegir lanzo una moneda al aire. Si al ver el resultado se me escapa un suspiro de insatisfacción, sé que debo elegir la otra. Si sonrío entonces sé que es la correcta.

Nunca comprobamos si en el EXCEL el piso de Xuclà quedó el último de la lista. Pero ahora sé que es más fácil aceptar los errores cuando se deciden con el corazón y no con la mente ni con las matemáticas.



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